Riff-Raff


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Tres horas

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El traductor

Jose Luis Rodríguez García


Tres horas (fragmento)
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Hace algunos meses me sobresalté al descubrir la fotografía de Pérez en el periódico. No le había vuelto a ver desde que terminamos de mala manera la carrera, aunque he recortado las esporádicas noticias que daban cuenta de su misteriosa y tardía vocación. Pérez se había convertido en un prestigioso traductor. No me lo podía creer. Dudo mucho que, cuando estudiábamos juntos en Zaragoza, conociera el origen de Shakespeare. Era un redomado inútil. Todos nosotros éramos imbéciles, juerguistas y vagos. Pero los periódicos no mentían. Informaban que Pérez había traducido la obra de un escritor islandés, un tal Halldor Laxness, una novela titulada Al pie de la montaña, escrita durante una crisis espiritual. Me sorprendió. Y la verdad es que también estuve Dándole vueltas ala cabeza durante días y días cuando años más tarde me enteré que Pérez había traducido a un poeta turco llamado Unit Jasar Oguzcan, unos versos de amor envueltos en atmósferas culturales. Tampoco pude dormir el sábado que leí en Babelia que había llevado a cabo una meritoria traducción de David Dip, un poeta sudanés: le entrevistaban a Pérez, quien se refería a varios idiomas hablados en Sudán -dinka, nuer, shiluk-, extendiéndose sobre algunos de los platos más sabrosos que había probado en su visita africana. Pérez hablaba de las palomas rellenas de ferik y de una especie de guisado llamado shorba elaborado a base de arroz, coles y habichuelas entre otros productos. Siempre que recuerdo estos momentos no sé si echarme a reír o seguir preguntándome cómo era posible que Pérez se hubiera transformado en un Pérez tan distinto al que conocí cuando pensábamos que la vida era una broma y que los libros algo de lo que se podía prescindir como se prescinde de la bandera patria.

Ana me aconsejaba tranquilidad porque, al fin y al cabo, la vida no me había tratado mal. Es cierto. Tengo un negocio que nos da para vivir, Luisito está a punto de terminar el bachillerato y parece que quiere ser farmacéutico. Qué más se le puede pedir a la vida. Y, sin embargo, las noticias sobre Pérez me llamaban la atención. Las recortaba para guardarlas en una carpeta verde, como hacía mamá con los asesinos de El caso que almacenaba con tanto esmero como ahora hacen los niños con las colecciones de futbolistas.

Así que me sorprendió mucho encontrarme por la mañana con la fotografía de Pérez en la primera página del periódico porque esta vez no era para anunciar un nuevo logro. No tuve ninguna duda. Era el Pérez que yo conocí hace treinta anos. Ni siquiera podría asegurar que mas viejo. Es curioso. No conseguimos ver más viejos a quienes han envejecido con nosotros. No sé si hay explicación para esto, pero es así. Ni siquiera la muerte le había transformado. Acaso tan sólo había grabado un leve gesto de dolor en su rostro, que fruncía su boca y agrandaba sus párpados, impidiendo que se vieran sus ojos claros. Tenía los brazos extendidos sobre el suelo del comedor y las manos abiertas. Pérez tenía las manos grandes y largas como su padre, decía él, que regentaba una tienda de ultramarinos por el Somontano. Los dientes de Pérez eran blanquísimos cuando le conocí, pero ahora, cadáver, no se le veían los dientes. A lo mejor estaban cariados. Pero no se le veían los dientes a Pérez, muerto en su casa de la costa, y que yacía apuñalado junto a una ucraniana que se había salvado de milagro porque el tiro de la pistola de Pérez le entró por la boca y salió por debajo de la oreja izquierda. La pobre mujer había tenido suerte. La pistola que había usado Pérez era rumana, un modelo viejo, un arma que usaba la policía política de Ceaucescu.

La mañana que leí la noticia no pude dominar mi impaciencia. No di una a derechas. Mal asunto cuando el trabajo se amontona porque se acercan las fechas de los exámenes. Ana me telefoneó a media mañana, precisamente cuando estaba atendiendo a una chica que estudia griego y siempre pasa hacia las doce para comprar una bolsita de pistachos y desearme buen día. Ahora en la primavera va con minifalda y se despide ruborizada mirando al suelo. Así sucede desde hace meses.






Tres horas
Jose Luis Rodríguez García

Ediciones de la Librería Cálamo
Zaragoza, mayo de 2008


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