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Renovación..

Revista > 2008

Conversaciones con A. Lobo

Renovación de la sorpresa: con Lobo Antunes.

Jose Luís Rodríguez García
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1. Mirad hacia Portugal.
¿Precisar cuál sea el perfil del escritor? Difícil. Pero, sin ánimo de extremar la osadía, señalaré que la egolatría suele ser su manifestación más rotunda: nadie, esto es, casi nadie, casi ningún escritor es consciente de que su aventura debiera limitarse a escribir y a opinar sobre lo opinable, pero sin la soberbia con que suelen adecentar sus improperios y sus opiniones, banales con irritante normalidad éstas y alimentados aquellos por la urgencia de situarse en el Olimpo que constituyen ellos mismos, los escritores. Un proyecto de sociología del escritor desembocaría en la decepción -lo sugiriera Bourdieu en Las reglas de arte, evocando ejemplos tan espectaculares como el de Baudelaire-. Patético que un escritor presuponga que el mero hecho de escribir, ese acto que carece de otro sentido que el de culminar un desafío con uno mismo y aceptar el reto social de dictar una opinión sobre todo lo humano, le capacita para sentirse depositario de la palabra de los dioses. Pues escribir es una actitud, un reto, un estar: banal, sinuoso, leve, tan santo como la obra del albañil o del marinero. O del suicida. Operación meticulosa, como la operación del cirujano que extirpa un cáncer. Nada más: la escritura como el fósforo breve de la cerilla que prende un cigarrillo o nos anima a caminar en la oscuridad. La Escritura, belleza, piedra, niebla. Ilumina un instante, nos libra de la insistencia negra del seguro ocaso y de la perplejidad de la vida -al escritor o al interlocutor anónimo con quien se pretende entablar un diálogo cuya belleza radica en que es similar al acto del lanzamiento de la botella del náufrago-. Pero es obvio que los escritores se sienten émulos de Abraham -la mayor parte de los escritores-: hablan, parlanchines, todavía dictaminan a comienzos del XXI. Por esto, la reflexión sobre el difícil género de la entrevista que rastrea las motivaciones del escritor deviene casi siempre en decepción o hastío. Y ni que decir tiene que provoca honesta irrisión la consideración de los relatos autobiográficos que, con el paso de los años, se convierten en manifiestos sobre el torpe orgullo y la ambición desmedida de sus autores. Evoquemos a Rousseau y Goethe, dos ejemplos sublimes y soberbios de la egolatría del escritor que desembocan en arquitectura de la mentira, adosada a la espectacularidad literaria.
Y, sin embargo, algunos escritores han dignificado el género de la entrevista y de la autobiografía. El requisito que potencia tal positiva operación se sustenta sobre tres exigencias. En primer lugar, y es obvio, que el escritor se haya desposeído de la prepotente actitud que ha desembocado en la constitución de la clase-escritor. Abandonar la teatralidad de un Yo irrisorio cuando se manifiesta como el Legislador. Considero que lo consiguiera Sartre: los textos producidos a partir de comienzos de la década de los sesenta son de una ejemplaridad manifiesta, fragmentos de expresión que no exigen la titularidad de la verdad. Como lo son, por ejemplo, las conversaciones mantenidas entre Dominique de Roux y Gombrowicz, los tenebrosos o iluminados diálogos -no lo sé, quién lo sabrá…- que se cruzan Y. Andrea y M. Duras, o los encuentros entre Hofmann y Bernhard. Por otra parte, que la entrevista-autobiografía se entienda como dignificación de un género literario y no como mero recurso propagandístico o exegético. Y, finalmente, que quien habla o quien interroga esté capacitado para evadirse de la gramática usual que rige tal forma literaria.
Sirva tan largo preámbulo -acaso tedioso o excesivo-, para presentar el resultado de las entrevistas concertadas entre Lobo Antunes y M. L Blanco: no hay línea o párrafo que pueda desconsiderarse hasta la página 223 de las Conversaciones con A. Lobo Antunes-. Con inusitada belleza coloquial, amando con una ternura estremecedora los recuerdos amables o crueles -la nostalgia idílica de lo familiar o la rabia contenida cuando irrumpen los recuerdos de las guerras coloniales de nuestro Portugal-, conducido por la destreza de quien pregunta, se consigue un texto imprescindible. No sólo para conocer a Lobo Antunes, sino, sobre todo, para contribuir a la dignificación de un género sumamente difícil. Todo contribuye a facilitar el apasionamiento del lector.
En primer lugar, y como se intuirá, porque la personalidad de Lobo Antunes enriquece una estirpe de escritores amenazada por el extendido y disimulado odio a la literatura. Un linaje que reconoce, por ejemplo, a Bernhard, el insistente, a Tabucchi, esa extraña luz italiana embrujada por la Lisboa herida y cariñosa, a Cortázar o a Ribeyro, el olvidado de las diabólicas Prosas apátridas-. A muchos otros, pero sombras ahora en el verdadero espectáculo de la literatura y remitida su evocación al ámbito académico o banalmente comercializado. Lobo Antunes recuerda su infancia, las tinieblas esplendorosas de su niñez. Sin otra pretensión. "La casa en la que vivíamos era una casa muy grande, y mi vida era muy solitaria. Leía, escribía", recuerda (Conversaciones, 26). Dice: "No sé por qué la han llamado trilogía de la muerte, porque eso no estaba en mi cabeza. Eran libros que hablaba, sobre todo, de Benfica, el barrio donde crecí", advierte (Conversaciones, 165). Alejado de la mínima pretensión de magnificar lo que es transitorio, pero que llena la vida de un hombre. "Creo que es una de las pocas cualidades que tengo: la ausencia de vanidad y, también, la ausencia de envidia. Conservo, en relación con todo lo que rodea a la fama, una mirada virgen" (Conversaciones, 153). Pero, en segundo lugar, porque el texto, de comienzo a fin, se convierte en provocadora incitación: Lobo Antunes ejecuta una sinfonía magistral, a la que no es ajena M. L. Blanco. Que una serie de encuentros desemboque en una obra que tiene la marca de Lobo Antunes, del entrevistado, resulta difícil de conseguir. Habla el escritor portugués, habla la literatura. Y, finalmente, porque la maestría de la entrevistadora resulta evidente: sólo puede potenciarse la proximidad a lo literario cuando se ha entendido lo que pretende la figura interrogada. La entrevista se convierte entonces en literatura. Más allá de la columna periodística, del encuentro falsificador.
¿Pero es tan interesante la literatura de Lobo Antunes?


2. Y Carlos Gardel, afortunadamente, respira en los discos de vinilo.
Cualquier texto serviría para poner de manifiesto la orgía literaria que provoca Lobo Antunes. ¿Esplendor de Portugal? ¿Exhortación a los cocodrilos -enigmático título, como el escritor advierte en Conversaciones -p. 167-? La consideración de cualquiera de las novelas de Lobo Antunes concluiría en el subrayado de un mismo eje. ¿Evocación de la infancia? Parece. ¿Liquidación de cuentas o reflexión sobre el pasado que se ha impuesto como precisa, torturadora? Posiblemente. Considero, sin embargo, que seducción de la literatura de Lobo Antunes radica en la conformación de una textualidad extraña. Cualquier lector lo sabe. La anécdota literaria es difícil de seguir. Y, sin embargo, seduce. ¿Inteligencia a la hora de manejar el lenguaje, de construir los diálogos que se desvanecen, de dibujar un ambiente con la leve perfección del acuarelista? ¿Qué sucede? Se nos ofrece la clave en las Conversaciones. Releamos la reflexión de Lobo Antunes: "para mí, para mis novelas, fue importantísima la noción del tiempo que aprendí allí. En África no existe pasado ni futuro, sólo el inmenso presente que engloba todo. Moría alguien y esperaban a que toda la familia llegara al funeral, algunos vivían a 200 kilómetros, que, naturalmente, recorrían a pie, y al muerto lo dejaban sentado esperando… A veces había que esperar hasta una semana, y todo eso con una inmensa paciencia" (Conversaciones, 93). Idea central: la de la presencia de un extraño espacio-tiempo.
¿Pero esto sólo sucede en África o es que nuestro vecino continente nos sugiere algo que supera sus propias peculiaridades? ¿Nos estará confirmando África qué la esencialidad de un espacio-tiempo refuerza el privilegio del dogma, del mirar la vida? Lobo Antunes se aleja del Partido comunista después de haber sido candidato del mismo: "el diálogo era siempre vertical, no había ninguna horizontalidad. Es una Iglesia, son su fe, sus tradiciones y su jerarquía autoritaria" (Conversaciones, 178). Así, reivindicación de la horizontalidad de las vivencias. Esto es lo fundamental. Porque acaso haya sido abolido el tiempo durante el que la linealidad del espacio-tiempo representaba la necesidad y la forma del dominio social y político -un dios, un reino, un tiempo- y la modalidad ficcional que mejor acertara a representarla -la novela-. Sería inoportuno y absurdo plantear el manido asunto de la muerte de la novela -que comienza a provocar urticarias espirituales-. Goza de buena salud. Lo que parece estar a punto para la revisión urgente es el sentido de una modalidad que pretende representar el mundo -y no poca cosa es la pretensión de representar el mundo, caramba- a partir de una evocación del espacio-tiempo que ha devenido obsoleta, aunque siga siendo políticamente correcta -un dios, un reino, un espacio/tiempo.
¿La muerte de Carlos Gardel? La pretensión de quebrar la linealidad a la que me he referido es más obvia en Exhortación a los cocodrilos. Pero, desde mi particular gusto, alcanza un rigor formal y estético más hondo en La muerte de Carlos Gardel. Y esto porque confluyen magníficamente los dos retos que debe aceptar el novelista.
En primer lugar, la dispersión de la linealidad misma. La apuesta de Lobo Antunes es clara: la coralidad, unida por una leve trama argumental, acentúa gravemente la impresión de asistir a un espectáculo caleidoscópico en el que las piezas se ensamblan, a partir de lo mismo, en formas diferenciadas. Así, tiempo y espacio cansinos de Álvaro, apegado a los discos de Gardel, vencido en su vida matrimonial, sombra que imaginamos bordeando el Tajo, recorriendo las calles olorosas de Benfica, asistiendo conmovido a la agonía fatal de Nuno. Así, tiempo y espacio agitados, dolorosos, perturbados de Graça, la hermana médica que ha velado una y otra vez las enfermedades del pequeño, del adolescente. Pero, a un tiempo, tiempo y espacio heridos de Cláudia, la esposa que jamás comprenderá el despecho vacío, indiferente, extraño de Álvaro. Tiempo y espacio asombrados de Nuno, mercancía solitaria que cambia de casa, de horizontes, que parece abocado al destino de las almas que surcan las historias del tango, sombra trágica y gravada, pues quien visita los arrabales con el bandoneón desafinado es su padre. Tiempo y espacio detenidos de Alzira, la vieja criada que soñará en el retiro del obligado asilo con las adelfas de Benfica, resistente a entender la crueldad de Graça -"inventaste las adelfas porque tu vida nunca tuvo sentido" (La muerte… p. 89). En consecuencia, La muerte de Carlos Gardel se transforma en el tango literario que evoca la vivencia de almas despechadas o indiferentes, arrasadas por el juego perverso de la vida, cada una de ellas sumergida en su territorio propio e irreductible.
Mas, por otra parte, la maestría para reconstruir la peculiaridad de cada uno de estos mundos, y que se sirve de un acontecimiento -la agonía de Nuno-que impone el reencuentro de unos y otros, se evidencia en los elementos con que se conforma cada espacio-tiempo. Lobo Antunes, posiblemente, no ha leído las consideraciones de Heidegger o de Sartre sobre la temporalidad. No es preciso. El universo de la Escritura ha jugado con mucha frecuencia de forma paralela o adelantándose a la formalización teórica de gran parte de los archivos de la ciencia o de la filosofía. Y es sorprendente que Lobo Antunes sea capaz de conjugar tan brillantemente los juegos del pasado-presente-futuro en la constitución de las vivencia de sus almas literarias. Las rupturas sintácticas, que hacen presente el pasado de unos y otros, las reflexiones que se aventuran en el futuro desde el presente marcado por lo sucedido, los continuos cambios de escenario y las escapatorias hacia trayectorias ajenas a la novela misma, refuerzan la luminosidad de un espacio-tiempo que es presente en el que la rememoración hace renacer las antiguas noches, los paseos, los júbilos, la suave terquedad de los criados y la mirada austera y desaprobatoria de la madre.
Ambos efectos, el de la conseguida coralidad y el de la constitución esencial de cada una de las voces, podría culminar en un juego estético, vanguardista, carente de calidez y calidad. No es el caso. La novelística de Lobo Antunes es un permanente juego poético, sentimental, que, a través de la invocación de aparentes nimiedades, consigue hacer presente y amable el rostro y el alma de Nuno, del desdichado y vagabundo Álvaro, de la pareja que conforman Cristiana y Graça, de la amargada Claudia, de Raquel o Alzira. No hay página que no sea el principio de un poema consumado. No debiera sentirse afectado Lobo Antunes por el abandono de una de sus pasiones primeras, la poesía. Pues La muerte de Carlos Gardel, por ejemplo, es un inigualable poema en prosa.
Y podemos comprenderlo, intuir las razones de tal logro literario, sumergiéndonos en las magníficas Conversaciones con A. Lobo Antunes. Que no desaparezca esta estirpe de escritores. Pues, como subrayara M. Duras, "il y a souvent des récits et trés peu souvent de l´écriture".



Blanco, M. Luisa: Conversaciones con A. Lobo Antunes.
Madrid, Siruela, 2001.
Y a propósito, por ejemplo, de La muerte de Carlos Gardel: A. Lobo Antunes, Madrid, Siruela, 1997

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