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Proyectos y delirios

Revista > 2008

Proyectos y Delirios

El oscuro caballero de Frank Miller

Nacho Duque
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"You won't find ordinary people here.
Not after dark, on these streets, under
the ancient warehouse canopies. Of
course you know this. This is the point.
It's why you're here, obviously".
(Don DeLilllo, Running Dog).



Ya no existe la noche

Una característica de nuestro tiempo es la existencia de una generalizada voluntad de iluminar la noche. Las grandes ciudades del mundo viven inundadas de luz en las horas en las que el sol se ha ocultado: carteles luminosos, fanales, focos, faros, farolas, reclamos de lujuria, de espectáculos varios, de musicales, de teatros y de cines para todos los públicos que amanecen bajo la sombra de la tierra. La fascinación que genera la noche, los mitos que le son propios, e incluso los mitos que cada uno de nosotros genera en su recuerdo más noctámbulo, poseen una característica fundamental que no es otra de la necesidad de una narración que alumbre los hechos. Por el contrario, a la luz del día todo resulta más evidente y claro, menos secreto. Por eso la noche es el lugar tradicional del crimen, de la mentira y de la traición, el tiempo del complot y de la conspiración, el parapeto del pecado. En otro tiempo cualquier habitante de la noche conocía esos riesgos, se desenvolvía tranquilo entre ellos y los desafiaba sin reparos, sabedor de la amenaza que suponía traspasar ese filo cortante que separa al bien del mal. Sin embargo, el intento de anegar con luz las tinieblas ha modificado en gran medida el estado de las cosas: los neones y las bombillas de colores han oscurecido los desafíos y, en ocasiones, hasta los han clausurado; el gentío, pululando por las calles en busca de una mesa libre en un restaurante, mitiga los miedos y da lugar a otro panorama despejado, una nueva mañana, sin sol pero igualmente con luz. La noche ya no existe.

Las horas de la subversión siempre fueron extraídas de la penumbra, las reuniones clandestinas y la gestación de proyectos encontraron el mejor cobijo en la obscuridad y en el silencio de los callejones adyacentes. Y, al igual que la vida, también la muerte y el sobresalto ocuparon un espacio no menos relevante entre el ocaso y el alba: Mary Shelley, Edgard Allan Poe, Bram Stoker o Sir Arthur Conan Doyle primero, Friedrich Murnau, Robert Wiene, o Carl Dreyer después, dan buena cuenta de ello. Rastrear esta ejemplar ambivalencia del modernismo nos obligaría a remontarnos a Lord Byron, a Baudelaire, a Dickens, a Manet, a Toulouse-Lautrec o a Oscar Wilde, quienes aportaron a la modernidad un aire urbano y, consecuentemente, dualista, de modo que hoy podemos hablar de una modernidad diurna y de una modernidad nocturna; de una modernidad constituyente, abierta y popular, que muchas veces comparte protagonistas con otra hermética, recóndita y privada; en definitiva, de una modernidad que se quiere lozana e inmaculada con otra impregnada en tabaco y absenta, solemne y prostibularia.

Y así, tras una larga y nada despreciable genealogía, con el expresionismo alemán la oscuridad llegó a Hollywood e inició su proceso de popularización como el componente principal para hacer temblar al espectador. Algunos años después de que la cultura de masas comenzase a anhelar la noche, se filmaba una escena memorable en la que, de alguna manera, se rendía un homenaje al descubrimiento de la penumbra por parte de los estudios hollywoodienses. Quién no recuerda el diálogo entre el despiadado jefe de estudios Jonathan Shields y el incipiente director Fred Amiel, o, si se prefiere, entre Kirk Douglas y Barry Sullivan, tal y como Vicente Minelli lo inmortalizó en Cautivos del mal (The Bad and the Beautiful, EEUU, 1952). Pongámonos en situación: dos cineastas que buscan un golpe de efecto y de público que los catapulte dentro de la industria se encuentran desesperados en pleno rodaje de un film que, con la presencia de los llamados "hombres gato", debería generar terror entre los inocentes espectadores. Sin embargo, las pruebas con los figurantes muestran algo diverso a lo esperado: trajes extremadamente holgados, desmesurados y algo infantiles para vejetes con barba de tres días y abstinencia de tres horas, el miedo hecho ironía y sonrisa inevitable. Shields y Amiel se encierran a discutir en busca de una solución:

- Cinco hombres vestidos de gato… -comienza Shields-.
- Parecen tipos vestidos de gato.
- Y cuando el público va al cine ¿qué quiere?
- Que los asusten.
- Qué nos asusta más que nada
-apaga las luces de la sala-.
- ¡La oscuridad!
- ¡Claro! -
dice Jonathan Shields mientras mueve la mano bajo el foco de un flexo-, ¿por qué? Porque tiene su propia vida propia, y en lo oscuro otras cosas reviven.
- Supongamos que no vean a los gatos.
- ¡Exactamente!
- Sin hombres gato.
- ¿Qué ponemos en la pantalla que les haga temblar de miedo?
- ¡Ojos que brillan en la oscuridad!
- ¡Un perro: asustado, gruñendo, colmilludo!
- ¡Un ave con el cuello roto y las plumas arrancadas!
- ¡Una niña que grita, con rasguños en las mejillas!

Así sea. No era tan novedoso el que la gente pagase por dejarse asustar como el hecho de que dicha situación se popularizase y que, con el paso de los años, hasta se masificara. La noche pasó a formar parte de la vida de Occidente, se popularizó y, poco a poco, se ajustó cada vez más a los parámetros del mercado con actividades específicas que van desde eventos deportivos, pasando por comercios disponibles las veinticuatro horas del día, restaurantes, bares, locales y discotecas, gimnasios, salas de cine, teatros y hasta museos que dejan sus puertas abiertas en esas noches que, ya no tan paradójicamente, han sido denominadas "blancas". Pero antes de que todo eso sucediese apareció por primera vez Batman, personaje creado por Bob Kane y Bill Finger en 1939. Batman es un héroe que carece de capacidades extraordinarias o superpoderes, Batman no lanza rayos, no vuela, no es necesariamente ni más fuerte ni es más veloz que ninguno de nosotros ?aunque seguramente lo sea?, no tiene un olfato privilegiado y, por sí solo, tampoco podrá escuchar lo que se dice en el tocador de señoras. Batman cuenta, eso sí, con la indispensable ayuda de Alfred, su mayordomo y de Robin, su imberbe compañero ?o compañera, según la versión? y, por si eso no fuera suficiente, cuenta también con un surtidísimo arsenal de artilugios, bólidos, propulsores, armas y con todo tipo de cachivaches tecnológicos que le convierten en algo así como el ángel de la guarda para sus conciudadanos: un ángel caído, desde luego, un ángel negro como el traje que le viste y como las sombras entre las que se mantiene al acecho. Batman es el alter ego de Bruce Wayne, Batman es, por tanto, huérfano, rico y soltero codiciado; Batman es urbanita, es un hombre con vocación de murciélago, es un héroe de cómic, es popular, es yanqui, es violento, es siniestro y, a su manera, es también un hijo tardío, y si se quiere bastardo, del expresionismo.

La historia de este personaje llega hasta nuestros días con las cicatrices dejadas por un agitado siglo XX. Y es que el devenir de la creación de Kane y Finger ha sufrido ascensos y descensos, largas crisis, giros inesperados, adaptaciones de gusto más que dudoso, algunos olvidos y numerosos renacimientos. De entre estos últimos sin duda el más notable de todos fue el protagonizado en 1986 por la publicación de los cuatro volúmenes titulados Batman: el señor de la noche cuyo autor es Frank Miller.

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