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Pleamar...

Revista > 2008

El ángel vencido

Pleamar de los sueños

F. Romo Feito
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El reseñista quisiera comenzar este comentario recordando unos versos de un poeta al que ya no es de buen tono citar: "Dicen que estamos en el antedía. Yo diría: no sé ni dónde estamos".
En los tiempos terribles en que vivimos, si es verdad que se lee poco, no es menos verdad que se escribe mucho, y en particular muchas novelas: basta con asomarse a Babelia o al cultural de ABC. Pero es excepcional la que pretende estar a la altura de los tiempos, lo que sí se propone, y consigue, El Ángel Vencido de José Luis Rodríguez García. Algo parecido ocurre en el cine: uno recuerda muchas películas estimables, pero después de ver, por poner ejemplos recientes, Kandahar o La cuadrilla, título en castellano de la última película de Ken Loach, se da cuenta de que está ante otra dimensión. Como además el autor es amigo, la fiesta es doble. Sólo conozco a José Luis como ensayista y como poeta, por lo que no puedo afirmar eso de que estamos ante su mejor novela; seguramente sí ante uno de sus mejores libros.
A primera vista se trata de una novela histórica. Pero también aquí se impone el contraste. La novela histórica es frecuente hoy, se escribe muchas veces por puro entretenimiento, otras por exotismo… no es el caso de El Ángel Vencido, porque la musa de su autor es la musa trágica y ha sabido encontrar en la vida de Girolamo Savonarola materia a la altura de su empeño. De éste dice un gran contemporáneo suyo que sabía juzgar, Maquiavelo: "Así le ocurrió en nuestro tiempo a fray Girolamo Savonarola, quien encontró la ruina en la reforma constitucional que él mismo promulgó desde el mismo momento en que el pueblo empezó a no creerle, pues no supo cómo mantener a quienes le habían creído ni convencer a los incrédulos". Lo que se afirma en el cap. XI de El Príncipe, bajo el estupendo epígrafe: "…todos los profetas armados vencieron mientras que los desarmados sucumbieron". Y más adelante, en el cap. XXIII, hablando de los ejércitos y de cómo la ruina de Italia se debe a que no haya contado más que con tropas mercenarias: "De este modo, quien decía que la culpa de todo ello se debía a nuestros pecados tenía razón, sólo que no eran precisamente los pecados que él creía, sino los que yo he contado". Quien piense un poco se dará cuenta de que las escuetas líneas de Maquiavelo encierran en cifra una perfecta fábula trágica, con todos los requisitos que pedía el mismísimo Estagirita: un personaje de talla heroica aunque no exento de defectos, que en su actuación comete errores que desencadenan la inversión por la que cae de la felicidad a la desgracia. Grandeza, coherencia, energía, sin dejar por ello de ser de carne: tal es el personaje que pide la tragedia, y tal es el Savonarola al que ha dado vida José Luis Rodríguez.
Pero el agudo análisis del florentino cabe en diez líneas (aunque su autor hubiera necesitado múltiple lección previa de los clásicos y amplia trayectoria vital), mientras que dar la vida a la Italia del Renacimiento y a Savonarola en ella requiere mucho más espacio novelístico, así como la maestría artística necesaria para erigir una construcción compleja que se sostenga. En efecto, las páginas de El Ángel Vencido nos sitúan en la noche del 22 al 23 de mayo, en la Florencia de 1498, al lado de Fray Girolamo Savonarola, que tras haber sufrido tortura y juicio espera el momento de su ejecución. En su celda hay colgado un trozo de espejo, del que surgen una voz y una imagen que no son meramente su reflejo, y con las cuales el prisionero inicia un enfebrecido diálogo ¿consigo mismo? mediante el cual repasa su actuación, lo que es lo mismo que repasar su vida entera: pocas horas le quedan ya para intentar entenderla.
El mundo que se despliega al hilo de ese discurrir reviste dos propiedades: densidad dialéctica y plasticidad. Para empezar por la segunda, el novelista es capaz de eso que los antiguos llamaban enárgeia, en latín evidentia, es decir, la capacidad de hacer ver, de hacer percibir sensorialmente lo que nos narra. Y así desfilan ante nosotros personajes con esa presencia corpórea que supieron conferir a sus figuras los pintores del Quinientos: el abuelo o el padre, Lorenzo de Médicis, Pico della Mirándola, los señores florentinos, el propio Alejandro VI, un fantasmal Buonarrotti, Laodamia, como escapada de un cuadro de Botticelli. Además, y sin necesidad de gastar mucho espacio en describirlos, los objetos, la propia Florencia, que cualquiera que haya visitado no dejará de reconocer, el valle del Arno, los Apeninos siempre al fondo. No pocos momentos son auténticos cuadros, así el momento en que Girolamo absuelve a Lorenzo de Médicis, las apariciones de aquél ante sus frailes, la muerte de Della Mirándola en sus brazos… Mas no se trata de preciosismo estilístico alguno, porque, como hubiera dicho un griego, todo ocurre y está concebido según necesidad, es decir, nada es superfluo y todo contribuye a la verdad artística de El Ángel Vencido.
Por densidad dialéctica entendemos que en el mundo de esta novela nada es lineal, y ello desde las primeras páginas. El siglo es terrible, dice Savonarola, porque tan propios de él son la grandeza de la cúpula de Brunelleschi en Sta. María de las Flores, en Florencia, y tantas otras excelencias, como el pontificado del abyecto Alejandro VI, como el envilecimiento, la perversión y el lujo, la ostentación y la vergüenza de la república. Así lo afirma Savonarola al cual el narrador acaba por tomar cariño, lo que no le impedirá mostrarnos cómo, en su ardiente deseo de erradicar el mal, se encarniza en el tormento de los conspiradores; expulsa a los judíos de Florencia; hace torturar hasta la muerte a la desgraciada a la que confunde con Laodamia; y encarcela a muchos desgraciados más cuyo único delito era intentar vivir: Dios nos libre de los puros. Así que el narrador se encarga de recordarnos que el enérgico ademán republicano del dominico no pasa sin la contrapartida de los sufrimientos de no pocos débiles, como tampoco la grandeza de las cortes de los Este o los Médicis deja de acompañarse de la miseria, explotación y horror de muchos más débiles. Hasta el punto de que la novela podría tomarse como una larga meditación sobre aquella magnífica sentencia de Benjamin: documentos de cultura, documentos de barbarie. Aquí acechaba el peligro de convertir la narración en mera ilustración de un pensamiento, es decir, en alegoría pura y dura, pero lo ha evitado muy bien, pues aunque no haya página que no suscite la reflexión, no hay anacronismo; la conciencia de Savonarola es la amalgama religioso política que probablemente debió de ser o al menos es creíble como tal, y otro tanto puede decirse de todos y cada uno de los personajes; incluso del aura irracional o fantástica que acompaña varios momentos. Como ejemplo puntual, no deja de escandalizar a Marsilio Ficino la condena platónica de la escritura que hoy hemos aprendido a interpretar sin mayor sobresalto. Es esa complejidad de la visión, ese inextricable entrelazarse de hilos y motivaciones diversos, a lo que hemos llamado densidad dialéctica, o más simple y directamente: profundidad, y a lo que nos guardaremos mucho de llamar dialogismo o polifonía o transgresión, para no incurrir en la banal erosión de estos términos a que la crítica nos tiene acostumbrados.
Cervantes ya sabía que la novela es enunciación y enunciado, y después de él dos caminos se han seguido, para simplificar mucho: el camino del juego con la enunciación de Tristram Shandy o el camino del realismo, que pretende ante todo hacer creer en el enunciado. Tal tensión, que los románticos alemanes teorizaron como ironía, aparece también en El Ángel Vencido. Ya hemos hablado de la convincente corporeidad del héroe y su mundo. Pues bien, el caso es que de un lado interviene el ya mencionado espejo para justificar los diálogos de fray Girolamo consigo mismo; de otro, una voz narrativa recuerda con insistencia que esto, que parece la pura verdad, la historia misma, no es más que novela. El recurso no puede dejar de evocar el conocido extrañamiento brechtiano, y de interrumpir de modo intermitente el efecto ilusionista del relato. Pero lo que al principio resulta algo desconcertante, quizá incluso molesto, al final acaba por subsumirse en la narración por medio de la historia de la hija del verdugo, Claudio Saurino, eso sí, modulando a lo fantástico, y desemboca en la espléndida sentencia final: "Y no sé si ha resultado afortunado viajar hasta finales del siglo XV para rememorar la tragedia de Girolamo Savonarola, y de verdad confieso que siempre he encontrado lo mismo, sueños, gloria, odio y muerte" (p. 345). Así lo que pudo quedar en experimento más o menos justificado ideológicamente alcanza rendimiento artístico. Lo que hemos leído es un relato, sí, maravilloso y terrible, pero un relato que conduce a la reflexión histórica.
No es posible terminar ni siquiera una caracterización de la novela sumaria como es ésta sin aludir a la peculiar andadura de la frase, que es el instrumento característico por el que vive para nosotros. Se trata de una frase larga que va sumando más y más miembros, en la que se yuxtaponen lo narrativo o descriptivo con las reflexiones del narrador, incluso con un leve humor irónico; a veces los distintos miembros corresponden a las voces de personajes diferentes, lo que provoca un ritmo incierto y fluctuante, como un desasosiego que va muy bien con ese mundo. Desasosiego que aumenta por la interrupción del estilo de párrafos extensos con los pasajes de diálogo autorreflexivo. Por otra parte, el autor, no hay que olvidarlo, es poeta, y ello explica la constante tensión lírica de los epígrafes de los capítulos, de la adjetivación, de sus comparaciones y metáforas. Un solo ejemplo puntual: "Se hizo un silencio pesado, de cueva oscura y apagada estrella, cuando fray Girolamo Savonarola abrió la puerta de la sacristía" (p. 202). Quizá la propia tensión estilística explique algunos usos menos felices como la insistencia en un imperfecto de subjuntivo de innecesario énfasis cultista (y que hoy prodiga ad nauseam el lenguaje periodístico): "Así fuera designado" (p. 300) por fue o había sido. Naturalmente, no forma parte de lo dicho la presencia de alguna que otra errata, que aparecen ya en la solapa posterior. Pero al margen, de algún uso problemático, lejos de estar como tantas veces ocurre ante un experimentalismo postizo, añadido superfluo a un mundo vacuo, aquí el mundo novelesco es inseparable del estilo verbal.
Hay obras que transparentan tanto la intención que ésta acaba por disolverlas. Los casos más fallidos los calificamos despreciativamente de panfletos. Otras obras hablan de eso que algunos críticos llaman sentimientos eternos o intemporales, y que tan históricos como todo lo humano, corresponden sencillamente a ritmos más dilatados. Unas pocas pretenden dar forma a un material expresamente histórico y, como dijimos, suscitan una reflexión también histórica, y por eso mismo política. El Ángel Vencido pertenece a esta estirpe. Pues no se trata de lección intemporal alguna acerca del poder: la historia de Savonarola es inseparable de la crisis que acabaría por alumbrar la Modernidad. Y da que pensar sobre todo en el destino de quienes intentaron un poder revolucionario de expresión popular que fuera a la vez un poder puro, y que se anticiparon a su tiempo o no supieron o no llegaron a medir bien los límites de su tiempo. Nadie de la generación del autor, que es también la mía, debe dejar de leerla. Pero no sólo, pues precisamente la honesta historicidad de la novela acrecienta su validez estética.
Para decirlo de una vez, José Luis Rodríguez ha escrito una gran novela. Sólo falta desear que la reseña haya estado a su altura.



EL ÁNGEL VENCIDO de J. L. Rodríguez García.
Huerga & Fierro, editores: Madrid, 2001

Libros

Moises Barroso y David Pérez Chico


Luis Beltrán Almeria y Jose Luís Rodrígez


Revista

F. Fernandez Buey


Elvira Burgos






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