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Con Negri:

Revista > 2008


Con Negri: contra Negri

Pablo Lópiz Cantó
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Escribir sobre Negri -posiblemente la amplitud de su trayectoria, vital como teórica, desautorice cualquier comentario que centre la atención exclusivamente en sus últimos libros traducidos y publicados en español. Sin embargo, pueden estos demostrarse útiles a la hora de aproximar la compleja actualidad de un pensamiento que tal vez, en ciertos puntos, como se verá, deba ser criticada. Porque Negri es uno de esos autores vivos, pocos o muchos no importa, sobre los cuales una y otra vez se vuelve, a los cuales se sigue, cuyos libros se esperan con ansiedad y devoran con fruición extraña cuando aparecen, porque es uno de esos autores a quienes se lee no ya simplemente persiguiendo una privilegiada herramienta, lente o cámara a través de la cual contemplar desde una peculiar perspectiva el presente que ha tocado en suerte vivir, sino también para encontrar un punto de apoyo desde el cual construir la propia palabra, con y contra el cual pensar.

Ejemplo de resistencia, Toni -Antonio- Negri es esa figura que atraviesa, iluminándolos, los albores de nuestro mundo, pero también su más dinámica actualidad. Ocupado al menos desde 1965 en la organización de comités de base, etc., vive el 68 en Venecia, para, a partir de 1971 trasladarse a Milán y ser uno de los impulsores del movimiento de la Autonomía. Catedrático de la Universidad de Padua, en abril de 1977 es detenido bajo la delirante acusación de ser el cerebro del secuestro y asesinato de Aldo Moro, siendo, a partir de entonces, sometido a un proceso kafkiano. "Los filósofos -escribía desde las cárceles italianas en su libro sobre Spinoza- eran conscientes, en otros tiempos, de ser combatientes" . Elegido en 1984 diputado, escapa a París poco antes de que se suspenda su inmunidad parlamentaria gracias a los votos del propio Partido Radical en cuyas listas había sido presentado. Entablará en el exilio estrechas relaciones con la izquierda intelectual francesa. Louis Althusser le invitará a dar en la École Normale Supérieur el seminario que acabaría titulándose Marx más allá de Marx; pero quizá con quien desde el principio trabe una más intensa amistad sea con Felix Guattari, junto al cual escribirá Las verdades nómadas. Durante este tiempo vivirá en primera persona las revueltas del 95, llegará a trabajar como profesor de la Universidad de París VIII, y, además de publicar diversos libros entre los que sobresale El poder constituyente, será impulsor de la excelente revista Futur Anterieur. En 1997 decide volver a Italia con el fin de acelerar el proceso que permita la amnistía de quienes aún permanecen en prisión o en el exilio a consecuencia de la ola represiva abierta contra los movimientos de los 70. Es inmediatamente encarcelado. Permanecerá aún en régimen abierto, hasta que se cumpla su condena en octubre de este mismo año 2003. Como un filósofo de otra época, durante todo este tiempo Toni Negri no ha cejado en su esfuerzo, no ha dejado de pensar, de intervenir, de hacer filosofía, de luchar.

Léase, por tanto, a Negri: El trabajo de Dionisos, publicado inicialmente en 1994 y escrito junto a Michael Hardt, con quien más tarde habría de redactar el ya considerado esencial Imperio ; y Del retorno, trascripción levemente alterada de una larga entrevista grabada en formato para video tras su retorno a Italia. Uno y otro, redactados en registros del todo diferentes, incluso firmados con distinto nombre, muestran, respectivamente, un antes y un después de la publicación del ya mencionado Imperio, pero también un antes y un después de Génova y del derrumbe de las Torres Gemelas. Perteneciente al género estrictamente filosófico tan ampliamente practicado por Negri y que aquí comienza a ejercitar junto a Hardt, se despliega El trabajo de Dionisos como lectura crítica, de raigambre materialista, de diversos discursos teóricos posmodernos, de Rawls a Vatimo, pasando por Rorty y otros. En cambio, Del retorno, que reproduce el formato de un abecedario que va cargándose de palabras y contenido, se puede integrar en otra línea del pensamiento negriano, de mayor peso autobiográfico, y que incluye entrevistas, con especial relevancia la que acabara siendo publicada bajo el título de Del obrero masa al obrero social, y textos como El tren a Finlandia o, más recientemente, El exilio.

Pero ambas líneas se caracterizan por un idéntico impulso político. Todo el itinerario negriano parece caracterizarse por un nunca interrumpido esfuerzo en pos de eso que llamamos comunismo, y cuya fisionomía, sin embargo, en el complejo entramado teórico que se ha ido forjando varía con el paso de los días, las lecturas, los encuentros y los conflictos. Los dos textos que aquí se recogen remiten la última forma y las postreras variaciones de esta obsesión antigua que ha ido cambiando, de este envite político sostenido con sorprendente coherencia que, al menos desde el largo sesenta y ocho italiano, una y otra vez regresa invariablemente como apuesta, repetida pero siempre diferente, por el comunismo, esa bestia terrible.


Al margen del trabajo

Como se ha dicho, El trabajo de Dionisos se presenta como análisis crítico del discurso posmoderno. Sin embargo, tal crítica no pretende una simple deconstrucción-destrucción, sino, al mismo tiempo, la afirmación de una palabra otra, de un pensamiento diferente, materialista y creativo, constituyente. Recogiendo el gesto marxiano en su estudio de los autores clásicos de la economía política, se trata de, por un lado y en primer lugar, seguir el hilo de las argumentaciones reaccionarias llevándolas a su límite con el fin de mostrar, digámoslo althusserianamente, aquello de lo que son culpables; para, a partir de ahí, en segundo lugar, imponer un desplazamiento en la problemática, crear nuevos continentes teóricos, traspasar las fronteras generando nuevas respuestas a las nuevas preguntas que emergen, desplegar ignorados horizontes. Esta crítica afirmativa la desarrollan Hardt y Negri a partir de la categoría, obviada con insistencia por los teóricos posmodernos, de trabajo, y, más concretamente, de trabajo vivo -alegría del sujeto social expansivo. Sin embargo, esta categoría no deja de resultar problemática, tanto en el terreno teórico como en el terreno político. Por tanto, acaso merezca la pena intentar un más detallado acercamiento a las cuestiones que plantea. Porque ya en el comienzo del libro una dificultad se desvela al constatarse que, hoy, en la sociedad capitalista el trabajo no se demuestra muy alegre, sino, al contrario, aburrido cuando no humillante, terrible incluso. Pero, más aún, porque, como bien ha explicado el propio Negri en innumerables ocasiones, fue la lógica del rifuto del lavoro, del rechazo del trabajo la que guiara las revueltas de los 70 en Italia y gracias a la cual se alcanzasen inéditas cotas de resistencia y organización frente a los poderes del capital.

¿Por qué, entonces, este uso afirmativo y central del concepto? En primer lugar, porque previamente se ha llevado a cabo un desplazamiento de la problemática que hace del trabajo, en tanto que fuente del valor, no ya sólo lugar efectivo de la explotación capitalista, sino potencia constituyente, práctica ontológica, creativa, organizada de forma independiente respecto de la organización del capital, desbordante, excesiva. Tal desplazamiento, cuya fractura habría ido ampliándose progresivamente conforme se acumulasen los detalles, se sostiene sobre el análisis de las dinámicas de cambio impuestas por la emergencia del obrero social y de los procesos de reestructuración de la lógica del dominio capitalista, del paso teorizado por Marx de la subsunción formal del trabajo en el capital a la subsunción real, del paso de la producción de la fábrica a la sociedad, del paso en lo que respecta a los dispositivos de poder de la disciplina al control, de la reducción del Estado a su función policial, del paso de la modernidad a la posmodernidad, etc. Semejantes transformaciones suponen, decía en Fin de siglo, "la traslación de lo económico a lo político" , y, además de romper la segmentación entre producción y reproducción, obligan a que la explotación no pase ya de modo privilegiado por el salario, sino que se ejerza de forma parasitaria como expropiación directa de la potencia de lo común, de la cooperación de las fuerzas vivas y creativas, de la comunicación y la afectividad, de las prácticas de auto-valorización y, en el límite de las energías ya comunistas.

Ahora bien, nos parece cuando menos excesiva la afirmación sostenida por Hardt y Negri según la cual "el mundo es trabajo" , sustancia común a toda actividad humana. Tal concepción del trabajo vivo como alegría del sujeto social -obrero siempre, aún cuando ya no pise la fábrica-, como fuerza afirmativa y dionisiaca -según la expresión utilizada-, como potencia ontológica y constituyente, como se ha dicho acaso supone ciertos problemas políticos. Naturalmente no es posible aquí desarrollar en detalle una crítica que habría de abarcar los pormenores de conceptos como el de intelecto general, soporte sin duda de cierta mistificación, ni, tampoco, de la hipótesis, cuando menos teóricamente problemática, de la necesidad y espontaneidad de un devenir común de la multitud, de la propuesta, por tanto, de una teleología supuestamente materialista. Más interesante, y políticamente más importante, parece la constatación de las dificultades inscritas en la aparente generalidad del concepto de obrero social; porque impide comprender los procesos de marginación, tanto social como laboral o económica, y las específicas características de los deseos y prácticas que bullen en ese afuera interior del mundo de la producción socializada. Frente a la imagen negriana -demasiado fiel en este punto a las palabras de Marx- puede ser útil recordar la pregunta que ya plantease Foucault en 1972, al tratar la dicotomía entre clases laboriosas y clases peligrosas: "¿y si fuese la propia masa la que se margina?" .

Haciendo uso del método de lectura marxiano, y que como se apuntase más arriba también Hardt y Negri retoman, se puede plantear la cuestión de cuál sea el olvido en que incurre su texto, cuál su culpa, qué es lo que su decir no dice, qué zona de sombra su luz crea. Y parece eluden el reconocimiento de los sectores improductivos, constituidos como tales y aún con todo resistentes a la lógica de la cual emergen. Desde este punto de vista es necesario, una vez más, insistir en la ruptura con la perspectiva marxista que se centraba en el productor. Entre otras cosas porque ni aún siquiera la actual configuración de los diversos dispositivos de poder parece concentrarse en ese sector, tal vez ya definitivamente normalizado. Si bien la mecánica disciplinaria privilegiaba como blanco de su ejercicio la esfera productiva, configurando las diversas segmentaciones del campo social, de las masas, en dirección a la constitución de una subjetividad proletaria y productiva, separada de la esfera reproductiva tanto como de los sectores improductivos, lumpen o ejércitos de reserva; tras la revolución capitalista que impone el paso a la subsunción real del trabajo en el capital, y por tanto la centralidad de la producción de plusvalor relativo, la socialización de los procesos y la integración de lo reproductivo en la esfera del capital, las cosas han cambiado. El poder, creemos, se preocupa hoy fundamentalmente de la administración de la relación entre la población integrada en la producción socializada -en el ámbito, por tanto, productivo al mismo tiempo que reproductivo- y la población improductiva, tomando dicha relación como su objeto y conformándose frente a ella como Estado asistencial-policial, como instancia soberana de un dispositivo de control biopolítico, según la terminología de Michel Foucault.


Biopolítica, producción, resistencia

Como bien sabrá el lector habitual de Negri, éste ha llevado recientemente a cabo una relectura de la noción de producción en términos biopolíticos. Es la vida, según esta concepción, lo que se pone a trabajar. Esta lectura altera profundamente la original concepción foucaultiana de qué sea un poder ejercido directamente sobre la vida al conferirle una determinación productivista y, nos parece, insiste en la elusión de una vida situada al margen de la esfera productiva-reproductiva. "Lo que finalmente Foucault no logró comprender -escribían Hardt y Negri en Imperio- fue la dinámica real de la producción que tiene lugar en la sociedad biopolítica" . Al respecto de la interpretación de Negri de este concepto, de la determinación productivista que le impone al leerlo como producción biopolítica, puede ser buen ejemplo la diferencia que frente a la brillante exposición de Agamben sobre la nuda vida -blanco ésta del ejercicio biopolítico- junto a Hardt detallara: "Giorgio Agamben -venían a decir- empleó la expresión "vida desnuda" parar referirse al límite negativo de la humanidad y para exponer, detrás de los abismos políticos creados por el totalismo moderno, las condiciones (más o menos heroicas) de la pasividad humana. Nosotros diríamos, en cambio, que mediante las monstruosidades con que redujeron a los seres humanos a una mínima vida desnuda, el fascismo y el nazismo trataron en vano de destruir el enorme poder en que podría transformarse la vida desnuda y eliminar la forma en que se acumulan los nuevos poderes de la cooperación productiva de las multitudes" .

No se pretende aquí en absoluto defender la propuesta teórica de Agamben, que ciertamente cae en una mistificación de la pasividad humana, además de en una comprensión teológica de la vida reducida a sus escombros. Se trata de poner en duda la tesis negriana del carácter productivo y cooperativo de la vida humana, incluso cuando ésta es constituida en el interior de las relaciones de poder como solitaria e improductiva. Más allá de la afirmación de Agamben según la cual no trasladó Foucault sus análisis al lugar por excelencia de la biopolítica, al campo de concentración , pudiera resultar útil retornar, una vez más, a ese espacio, para relacionar las tesis negrianas con ciertas experiencias relatadas por Antelme acerca de su enfrentamiento a la reclusión y exterminio nazis -y no ya para evitar confrontarse con el presente, sino, antes bien, para reincidir en la constatación de la actualidad de Auschwitz. Llena de estupefacción la descripción de la relación entre reclusos y SS conforme el trabajo comienza a escasear al acercarse la victoria aliada: "...la emprenden con un tipo que tenía las manos en los bolsillos. Él es el primero que cobra, porque no hay trabajo [...] Ahora debemos de ser del todo intolerables [...] Ya no hay carlinga, estamos al descubierto, en la fábrica, con en un no man´s land, estamos desorientados. Tenemos que agarrarnos a algo, disimular, encontrar un nuevo camuflaje. Si ya no trabajamos, sólo serviremos para que nos maten" .

¿Pero acaso fue otra que la funcionalidad exterminadora la que se privilegiara en los campos nazis? No. No se trataba de campos de trabajo. Eran campos de exterminio. Su producción era, fundamentalmente, producción de cadáveres, de muerte por tanto. El ámbito del trabajo -esa zona gris, según la expresión de Primo Levi- en ellos poseía antes que nada una función de administración de los procesos de exterminio, y de desgaste, de producción de lo inhumano, del no hombre como condición de posibilidad para una posterior aniquilación sin excesivos costes morales. Por decirlo irónicamente, esa parece ser la producción biopolítica. Lo cual, obviamente, no significa que no se generen efectos de resistencia, ni que esta vida situada al margen del trabajo sea pura pasividad. Pero sus formas refractarias son diferentes de las constituidas en el interior de la anatomopolítica. Frente a lo sostenido en El exilio por Negri, para quien "la soledad es la impotencia" , es necesario recordar de nuevo la experiencia de Antelme: "la conciencia de los presos tenía bastantes oportunidades de convertirse aquí en una conciencia solitaria. Pero, aunque solitaria, la resistencia de esta conciencia continuaba. Privado del cuerpo de los demás, privado progresivamente de su propio cuerpo, cada tipo tenía aún algo de vida que defender y que querer" . Así pues, acaso aparezca, frente a la biopolítica, en el límite, la soledad como privilegiado nódulo de resistencia.


Guerra y constitución

Ahora bien, es sabido, desde que así lo expusiese Foucault, que la biopolítica requiere una refuncionalización del poder soberano, del poder de la espada para abrirse la posibilidad de matar; pues inicialmente la biopolítica tan sólo se ejerce como control sobre la vida, como localización y administración de las singularidades, de las diferencias comprendidas en el interior de una población dada. Es a partir de una reivindicación de la inmanencia de las luchas desde donde trazará Foucault su genealogía del control biopolítico y de la refuncionalización que en el interior de esta nueva forma de ejercicio el poder soberano sufre. El poder, para ejercerse como derecho sobre la vida y la muerte, exige la recodificación de la lógica de guerra, su sometimiento a una finalidad concreta, aquella que, siguiendo la sarcástica expresión que Foucault utilizara para titular su curso de 1975-1976, se puede caracterizar como defensa de la sociedad. "Hay que releer los análisis sobre la guerra de Foucault" -afirma Negri en Del retorno. Hágase. Porque acaso permita solventar ciertas ambigüedades que hacen confusas las tesis del italiano, agudizadas por las recientes manifestaciones en contra de la intervención en Irak, ya que Negri oscila entre una defensa de la paz impuesta por el rechazo a la guerra -a la guerra que el capital pone en marcha para asegurar su dominio- y una afirmación de la guerra -de la guerra encendida de las multitudes contra el poder, de la guerra a la guerra-. Tal vez el momento de mayor dificultad sea cuando asevera que ¡polemós no hay que entenderlo como sinónimo de la guerra!

Decía Foucault en su resumen del mencionado curso que "habría que tratar de estudiar el poder no a partir de los términos primitivos de la relación, sino a partir de la relación misma, por cuanto esta relación es precisamente la que determina los elementos entre los cuales se mueve" . Así pues, los procesos bélicos, en tanto que modos de relación, son ontológicamente constituyentes. No el trabajo sino la guerra. O por decirlo al modo clásico, la lucha de clases. Pues la resistencia se constituye en oposición al poder, como bloqueo al tiempo que como línea de fuga respecto de la relación misma, como éxodo activo, creación, devenir. El problema viene cuando el poder mismo se confunde con el proceso bélico. Porque, como a la hora de tratar la figura del post-fascismo -"máquina de guerra que toma directamente la paz como objeto"- dijeran Deleuze y Guattari, "ahí es donde la fórmula de Clausewitz se invierte efectivamente; pues, para poder decir que la política es la continuación de la guerra por otros medios, no basta con invertir las palabras como si se pudiesen pronunciar en un sentido o en el otro, hay que seguir el movimiento real al final del cual los Estados, habiéndose apropiado de una máquina de guerra, habiéndola adaptado a sus fines, vuelven a producir una máquina de guerra que se encarga de la finalidad, se apropia de los Estados y asume cada vez más funciones políticas" .

Hoy el Imperio, la soberanía en tiempos de biopolítica, funciona, como la política de control de poblaciones durante nazismo y estalinismo , como una máquina de guerra que toma la paz como objeto, que tiende a suprimir toda posibilidad de enfrentamiento, toda fuerza que se pueda posicionar de modo antagonista, todo conflicto o guerra social por tanto. Incluso, quizá, se pueda afirmar que el exterminio imperial es más estalinista que nazi, pues no se sostiene tanto en el juego de exclusión-destrucción de identidades raciales, en un racismo étnico, cuanto sobre un racismo que trabaja con singularidades líquidas, de perfiles cambiantes, con identidades híbridas, no definidas, etc. Contra toda disidencia. De ahí proviene el interés negriano por escapar a la lógica de guerra que el poder codifica y que no hace sino encerrar las luchas en el interior de una estructura que le es útil. Como ha apuntado muy recientemente al tratar los movimientos contra la guerra de Irak, "el movimiento se ha visto obligado a definirse como resistente siguiendo la vía del éxodo, mostrando su capacidad de oponerse a la guerra en el preciso momento en el que se propone la constitución de una sociedad anticapitalista" .

Ahora bien, para terminar, el movimiento contra la guerra imperial, contra la guerra que el poder despliega, contra la guerra que funciona como privilegiado elemento del ejercicio biopolítico y sostén del capital global, ciertamente ha permanecido, en la mayor parte de los casos, encerrado en prácticas meramente testimoniales, de rechazo pacifista, interviniendo exclusivamente en el ámbito de lo espectacular y manteniéndose por ello mismo impotente frente a las decisiones tomadas, incapaces de hacer fluctuar la balanza. Pero no deja de resultar irónico que se diga que los movimientos persiguen el mismo objetivo que el poder dice perseguir. Confusión extraña. Es necesario recordar la polivalencia táctica de los discursos. Y olvidarse de finalismos, de teleologías materialistas o de cualquier otro tipo. Porque, frente al Imperio, frente a esa máquina de guerra que tiene directamente la paz por objeto, no parece resultar muy útil -e incluso pudiera resultar peligroso- una lectura de los movimientos en términos de defensa de la paz, y acaso mejor sería -asumiendo los peligros que igualmente conlleva esta postura- aclamar por otra que atienda al efectivo rearme de los procesos de liberación capaces de horadar la mecánica que se impone, de romper la cotidiana sucesión de humillaciones y complacidos conformismos con que se acostumbra a trazar los días. Porque, de hecho, en el no a la guerra parece haber acontecido algo más que una defensa de la susodicha paz, parece haberse producido un devenir común a través del rechazo, la emergencia de una misma sensación de asco frente a las condiciones diversas de vida, de colaboración y participación más o menos activas, y frente a la lógica política que despliega la actual forma de dominio. Más allá de la consideración de los presuntos objetivos que se persiguieran está lo que efectivamente se ha producido, y lo que ha tenido lugar ha sido un resurgir del conflicto -de un conflicto en torno a palabras como paz o guerra, tanto como en relación a los cuerpos-, un encuentro de las diferencias en y gracias a un compartido repudio. El movimiento se constituye hoy en oposición -en guerra, en una guerra efectuada desde cada singularidad, desde cada soledad, desde donde se encuentra cada uno, desde su diferencia y su especificidad propias- a la guerra imperial, como éxodo creativo, pero en ese gesto es necesario recordar que el despliegue de la resistencia pasa no sólo y no fundamentalmente, quizá ni aún siquiera necesariamente, por una cohesión de las fuerzas, sino más bien por la destrucción del enemigo. Frente a un poder sin afuera, que lo ocupa e invade todo, no basta con construir -¿en qué lugar hacerlo?-, también es necesario combatir, abrir hueco.

Negri, T.
Del retorno. Abecedario biopolítico.
Debate, 2003

Negri, A. & Hardt, M.
El trabajo de Dionisos.
Akal (Cuestiones de antagonismo), 2003

Libros

David Pérez Chico


Luis Beltrán Almeria y Jose Luís Rodrígez


Revista

Elvira Burgos


David Mayor






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