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Los anormales

Revista > 2008



Foucault en curso

Pablo Lópiz Cantó
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"Lo anormal sólo puede definirse en
función de caracteres, específicos o
genéricos; pero lo anomal..."
Deleuze y Guattari.



"La amistad -había escrito Maurice Blanchot- le fue tal vez prometida a Foucault como un don póstumo" . Y parece el tiempo ahora de nuevo propicio para retomar semejante relación --esa que, persistiendo en la inaccesible sonoridad de una lengua que ya no es la nuestra, seguimos llamando filosofía. Ahora que se publica, en Akal, de Foucault, Los anormales: el curso que para el Collège de France durante el año lectivo de 1974-1975 dictara.

Pero parece necesario, una vez más, para leer, quebrar la aparente intimidad que la muerte impone: pues que -de nuevo aquí acompaña Blanchot - la amistad -esa amistad cuya única exigencia es el estudio- no acontece sino en la distancia que separa a los que une. Protocolo obligatorio de trabajo es no fingir la prosecución del diálogo con quien se halla para siempre ya ausente. Dejar que la relación prolifere en el intervalo que lo aleja. La relectura de aquello que aparece no debe borrar el lamento que Foucault levantase frente al sentimiento de absoluta soledad que dejasen las jornadas en que los cursos fueron pronunciados. Ni instalar en la apariencia de una comunicación que el fallecimiento reveló, finalmente, en su realidad imposible. Antes bien, al contrario, se trata de borrar su ficción. Creando otras.

Escribir ficciones-abrir desierto.

Y, si decía en referencia a la enunciación de sus cursos Foucault que muy poco habría bastado para trastocarlo todo -una pregunta acaso?, es eso poco lo que desde la locución primera se exige y aún continúa, ahora que lo oral retorna silencioso en la callada escritura, reclamándose; porque es eso -a pregunta? aquello que abre la distancia necesaria con respecto al texto, que permite dejar de decir lo que dice y cesar, por tanto, de crear la falsa intimidad que se supone: abre el espacio a través del cual acercarse al texto. Sin recuperar el borrado rostro.

El texto, la pregunta:
Los anormales, ¿cómo funciona? Y si se acostumbra a definir la palabra foucaultiana como caja de herramientas, sin embargo, pareciera que se tiende a pensar tan sólo en las herramientas, que se olvida la caja, que conecta con el afuera. Y, como Miguel Morey ha sabido ver, "en tanto que "caja de herramientas", es su conexión con un dominio de exterioridad lo que da su importancia específica al libro" . Pero, tal que aquella de la que hablasen Deleuze y Guattari, la caja de Foucault ha devenido un secreto. "Algunos -escribían a la par- pueden hablar sin ocultar nada, sin mentir: son secretos por transparencia, impenetrables como el agua" . Por tanto, la caja ?imperceptible máscara sobre el borrado rostro.

"La teoría como caja de herramientas -había precisado Foucault- quiere decir:
Que se trata de construir no un sistema sino un instrumento: una lógica propia a las relaciones de poder y a las luchas que se establecen alrededor de ellas.
Que esta búsqueda no puede hacerse más que gradualmente, a partir de una reflexión (necesariamente histórica en algunas de sus dimensiones) sobre situaciones dadas" .

(Así pues, situaciones dadas: oscuros recuerdos. "¿Qué pasó en el caso Goldman?" -se preguntaba Foucault en la primera de sus lecciones sobre los anormales. Pierre Goldman, "juif, révolte, braqueur, guérrillero" : condenado a cadena perpetua apenas unas semanas antes del comienzo del curso. Oscuro recuerdo el que trae su mención, recuerdo de la revolución fracasada, del renovado triunfo de un poder que se reconstituye a partir de la derrota de quien fue su enemigo, recuerdo del sesenta y ocho, de mayo, de su fútil acontecer y de lo que siguió, de la máquina puliendo los últimos escollos. Recomposiciones de la normalidad. Como José Luis Rodríguez García ha diagnosticado, nadie como P. Goldman recorrió con tanta inútil pasión el interminable espacio entre "la creencia en una praxis que pusiera de relieve la dureza del orden burgués y el análisis que advierte de la novedad de un etapa histórica nueva" .

Cierto es que se sabe ahora que la historia no acababa ahí, en los juzgados, que el caso Goldman sería retomado por semejantes instancias. Que llegaría el 76.Y la libertad. Sí. Pero que sería por poco tiempo. Que en 1979, el que fuese considerado ejemplo exagerado ?en su coherencia? de las ensoñaciones de la última generación que intentó el asalto al cielo, era muerto a tiros. Y que, como ha escrito Gabriel Albiac, "nadie pudo demostrar nunca que se tratase de una ejecución policial" . Es cierto. La historia no acababa ahí, en los juzgados. Pero ahora ?cuando se dicta Los anormales? nos situamos en el primer mes de 1975: condena a cadena perpetua, y el escándalo que estalla.

"Esa ideología -escribiría Goldman desde cárceles de máxima seguridad para su Souvenirs obscurs d´un juif polonais né en France- me condenaba irremediablemente, "a priori": yo era el símbolo extremo de eso que ella abominaba" . Y, al fin, no es sino ese a priori a lo que parece dirigirse Foucault a través de la problematización que en Los anormales se despliega: ¿cómo ha venido, históricamente, a constituirse esa relación -pues que, ya lo explicó Althusser, la ideología no es sino una relación- en que uno de los términos, ya desde el comienzo mismo, abomina y condena-)

Dictado entre Vigilar y Castigar y el primer volumen de la Historia de la Sexualidad, y que lleva por título La voluntad de saber, Los anormales se presenta como análisis genealógico de una técnica de poder concreta y el saber a ésta asociado, de la conformación de la red singular que se establece. El texto, complejo y lleno de vectores que exceden el interés central en torno al cual el curso mismo se construye, trata de despejar los procesos a través de los cuales se produce la emergencia del poder normalizador, ese que permite que el bajo oficio de castigar se convierta en el hermoso oficio de curar (34); pero un oficio que no se ejerce ya sólo sobre lo patológico, sobre lo enfermo, sino sobre un campo más amplio respecto del cual la enfermedad no es sino un caso entre otros, un epifenómeno con relación a eso otro que en sí mismo es sano, pero que, al mismo tiempo, y es aquí donde se concentra el ejercicio, es anormal. La palabra foucaultiana busca así detectar cómo históricamente ha ido a surgir la pareja social en que se produce el reparto conforme a la dicotomía de lo normal y lo anormal, y cómo el campo todo de la anomalía no aparece en tanto que modo contradictorio frente a lo normal, sino en cuanto que desviación, a veces mínima, al respecto.

Poder distinto el de normalización del disciplinario en que centrase sus estudios anteriores Foucault. Que deriva de la convergencia de éste con el poder pastoral y de confesión por la iglesia desarrollado. Poder que no sustituye ni aniquila, sino que se produce por el apoyo mutuo y la reunión de otros diversos. Tampoco anula siquiera el poder normalizador al poder soberano, sino que, antes bien, lo reforma, le da un nuevo sentido y una nueva función. Así, de hecho, se inicia el curso de Los anormales: con la exposición de la forma adquirida por el poder soberano hasta la actualidad en que fuese pronunciado. Como el Herodes que retratase Pier Paolo Pasolini en su Il Vangelo secondo Mateo, el poder soberano presenta en tiempos de normalización un aspecto ridículo en su emisión de discursos que no llaman sino a la risa. Poder ubuesco, grotesco, cuya infamia no hace sino reforzar el mecanismo de su funcionamiento: "maximización de los efectos de poder a partir de la descalificación de quien los produce" (23) ?diagnosticaba Foucault. Como se sabe, la risa está del lado de la inmanencia. Y es, en cierto modo, ese el problema central al que se enfrenta el estudioso de un poder como es el normalizador. Y de la disciplina y la soberanía sobre las cuales se apoya. Porque la novedad radical de éste es su carácter inmanente. El poder de la norma es un poder que se ejerce directamente sobre lo biológico, y el saber a él asociado se presentará como "la ciencia de la protección biológica de la especie" (289). Biopolítica, llamará Foucault a eso apenas sí un año más tarde, conforme vaya enriqueciendo en determinaciones sus análisis.

Pero, además, más allá de los esfuerzos genealógicos, y en contacto directo con el interés que a Foucault obsesionase en sus últimos años de vida, Los anormales se presenta como análisis del proceso de conformación de un modo concreto de subjetividad, la del individuo anormal. Investigación ésta que parece ser leída por el propio Foucault como tarea arqueológica, pero que excede semejante calificación por cuanto que no es sólo una figura del saber lo que aparece y en el curso se analiza, sino que, tal vez debido a las características concretas ?inmanentes? de la tecnología de normalización misma, afecta al conjunto todo de los comportamientos vitales, a la biografía completa de aquellos sobre los cuales el dispositivo de poder y saber recae. Es todo un proceso de subjetivación sobredeterminado por la relación de poder normalizadora lo que comienza a analizarse en este curso, y que quedará plenamente explicitado en la de sobra conocida conclusión a la Voluntad de Saber: "ironía del dispositivo?escribía allí?: nos hace creer que en ello reside nuestra liberación" .

Así, lo que comienza a entreverse en los análisis foucaultianos de Los anormales es toda una nueva dinámica en las relaciones de poder que introduce la problemática del ejercicio de la libertad, o, dicho en otros términos, de cuáles son los procesos efectivos en que reside la liberación. Y, por supuesto, remitir aquí al problema de las resistencias se hace obligatorio. Pues, si, como ha escrito Santiago López Petit, "es elevadísimo el número de páginas que Foucault dedica al estudio del saber en su implicación con el poder, en cambio, son mucho más escasas aquéllas en las que se ocupa de su relación con la resistencia; es decir, del poder propia y directamente" ; tal vez, Los anormales, sea uno de esos raros textos en que la consideración de la resistencia irrumpe central, y permite, por tanto, eludir la repetición monótona de la en exceso reducida constatación, por lo demás tautológica, del hecho de que no haya poder sin resistencias. Porque, a través de la problematización histórica desarrollada en el curso, parece hacerse explícita la reflexión que Deleuze dejase acerca de su amigo; es decir que "la última palabra del poder es que la resistencia es primera" . O, en las tardías palabras del propio Foucault, que "la resistencia se da en primer lugar, y continúa siendo superior a todas las fuerzas del proceso; bajo su efecto obliga a cambiar las relaciones de poder" .

En el centro de la genealogía del poder normalizador y del saber que éste acumula, Foucault presenta un fenómeno extraño, resistente a las técnicas de dirección de conciencia que se forjaran en la práctica derivada del Concilio de Trento, que, en cierto modo, escapaban a las técnicas que la Iglesia desarrollara: las posesiones. Es, de hecho, a partir del esfuerzo por reinscribirlo en el interior de relaciones de poder que se produce el cambio en todo el sistema de fuerzas. Se trata de evitar "a cualquier precio esa sustracción, esa evasión, esa huida, ese contrapoder que es la posesión" (198). Foucault ha detectado, así, el problema al que el poder pastoral se enfrenta: "¿Cómo proseguir el gran revelamiento discursivo y el gran examen de la carne y evitar a la vez las consecuencias que son sus contragolpes, esos efectos de resistencia cuyas formas paroxísticas y teatrales más visibles son las convulsiones de los(as) poseídos(as)?" (198). Y la solución que históricamente se constata: "Allí comienza a operarse la grande y célebre transmisión de poder a la medicina" (203).

Convulsión de los cuerpos. Convulsión en las fuerzas: el poder normalizador surge como solución al problema de bloqueo que las resistencias imponen frente al poder que históricamente le antecede, como reinscripción o asimilación de esos fenómenos que escapan. Pero surge, precisamente, apoyándose en dichos efectos de resistencia, que son los que disparan el proceso de cambio y transformación. Lo cual lleva a concluir que ?y aquí se pretende fidelidad a la tesis deleuziana según la cual, en Foucault, si no se atiende a todo no se entiende nada? son las resistencias, los fenómenos de evasión y contrapoder los que disparan el cambio en las configuraciones de poder y saber, que son ellos los que imponen, en tanto que procesos de resistencia a la sujeción que el poder sobredetermina, los cambios en las epistemes, los saltos en el saber, los desbloqueos epistemológicos, por tanto.

Es necesario releer a Foucault. Abrir con él -con las lecturas a que, de él, se nos tiene habituado? una distancia: no estudiarlo como el analista del saber, ni del poder, ni de los sujetos, sino como el teórico de las resistencias y de sus efectos. Al fin, Foucault mismo lo decía para Body Politic en 1982, "el término resistencia es la palabra más importante, la palabra-clave" .

Foucault, M.
Los anormales
Akal, 2001


Libros

Dionisio Cañas

Luis Beltrán Almeria y Jose Luís Rodrígez


Revista

Jose L. Rodríguez


Juan M. Aragüés






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