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Lineas de fuga

Revista > 2008

Líneas de fuga (Filosofía contra la sociedad idiota)

Una apuesta teórica por una ética de la liberación. Aragués, J.M.

M. A. García Calavia
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Tanto el título del libro como el subtítulo del mismo sugieren ya las intenciones de su autor antes de leerlo, ¿cómo construir líneas de fuga frente a la uniformidad de pensamiento que intenta imponerse en el planeta, una vez declarado el fin de la historia?, ¿qué supone filosofar en los tiempos actuales, en los tiempos de la subsunción real? A lo largo de ciento setenta y cinco páginas articuladas en tres grandes apartados, Aragüés trenza una respuesta sin concesiones a estos interrogantes cuyo fin explícito es como señala en la Introducción, "enseñar a la mosca a salir del frasco", si bien reconoce la dificultad que encierra, "cuando las paredes se han tornado tan transparentes que resulta complicado establecer su superficie", cuando las paredes se hacen tan uniformes que es difícil distinguir las salidas.
El supuesto de partida es la centralidad que el autor del libro otorga a la experiencia mediada en la configuración de las conciencias en los tiempos de la subsunción real. A este respecto, Aragüés considera que el sujeto postmoderno se constituye a partir de las dinámicas externas en las que se ve envuelto, sobre todo, dinámicas de carácter mediático. De aquí que Aragües considere que el dominio de las redes de comunicación es central en el dominio de la producción de la subjetividad.
A continuación, desbroza lo que hay de rico y alternativo en esa controversia tan manida (y ajada) de la década pasada que ha acompañado a la postmodernidad. En este sentido, centra su atención en las líneas de fuga del pensamiento constituido; unas líneas de fuga que rastrea desde los sofistas hasta en una serie de autores más modernos, Spinoza-Marx-Deleuze, y cuya principal característica es su capacidad para reconocer la realidad social como conflictiva.
Precisamente, alrededor de la conflictividad que recorre la sociedad actual, de la Diferencia, (tratándola como dato), plantea erigir una ética liberadora ya que entiende como Negri que el objetivo de la filosofía actual (pensamiento actual) es "la fundación materialista de un horizonte ético"(pág. 138). Planteamiento abordado desde una perspectiva marxista, que en su conformación, adapta a las nuevas realidades sociales.
Así pues, una caracterización de los tiempos de la subsunción real, una deconstrucción de los discursos de la postmodernidad y una apuesta teórica por una ética al servicio de la mayoría, son los tres grandes apartados del presente libro. Recorramos algunos de sus pasajes significativos.

I


Indudablemente, uno de los hechos distintivos de la sociedad actual, es el espectacular desarrollo de los medios de comunicación de masas que se ha producido en las últimas décadas. Aragüés considera que este hecho supone una auténtica inflexión con respecto a las sociedades del pasado en tanto que han sustituido a la religión y a la violencia represiva en la conformación de una mentalidad sumisa. En los tiempos de la subsunción real, las subjetividades no se encuentran "sujetas" al capital como consecuencia de una imposición exterior a las mismas, tal como sucede bajo el capitalismo mercantil o el capitalismo de producción decimonónico, sino que se configuran como elementos integrados del entorno social. A este respecto, considera que "el desarrollo de los medios de comunicación de masas se ha convertido en el mejor instrumento de dominación ideológica, de uniformización de los discursos, de constitución de las subjetividades" ... "en la época de la subsunción real, del dominio de lo medios de comunicación,..., la subjetividad queda constituida a través del discurso"(pág. 36)... "Los medios de comunicación de masas como creadores de simulacros, como productores de realidad, de una realidad que enmascara las oposiciones sociales"(pág. 37).
En su argumentación, atrevida y un tanto forzada, considera los medios de comunicación de masas como un sexto sentido ya que aportan a las subjetividades un porcentaje muy alto de su percepción de la realidad: "La aprehensión de la realidad por parte de la subjetividad es realizada a través de un instrumento no dirigido por la propia subjetividad, lo que, indudablemente debe tener unas consecuencias epistemológicas"... "Los medios son un sexto sentido para la aproximación a la realidad".
Además, los medios de comunicación de masas no solo proporcionan información abundante, e inmediata, sino que inducen activamente las prácticas subjetivas, a través de la publicidad: "El objetivo de los medios es suscitar el deseo en los sujetos, provocando en ellos la necesidad del objeto. Necesidad que puede ser del objeto mismo o de lo que el mismo representa: un estilo de vida, seguridad, poder,..."(30). A este respecto, se entienden los medios como productores de deseo. Una de sus expresiones es la universalización del consumo. Los medios contribuyen así, a la constitución de una subjetividad subordinada.
En este contexto analítico, Aragüés plantea la necesidad de construir un discurso alternativo que "...se confronte directamente,..., con el discurso dominante, sacando a la luz su carácter ideológico y parcial"(54), A este respecto, abre fuego contra ciertas visiones optimistas, como la del postmoderno Vattimo, en las que se aprecia y se propone que el desarrollo de los medios ofrece la posibilidad de reconocer, (instantáneamente), la diversidad cultural de la realidad, así como la de descentralizar los centros de emisión y de interpretación de la información, democratizando así la expresión de la realidad. Estas apreciaciones son consideradas como prescriptivas ya que "los medios contribuyen a una pluralización epidérmica de la realidad, pero a una uniformización de los contenidos ideológicos"... "(y)se manifiestan como instrumento privilegiado para la reproducción ideológica de la sociedad y para la homogeneización de la misma" (57). Su derivación es clara: "(hay que) distinguir entre actuación y potencialidades y comprender y utilizar los medios para una democratización profunda y para el acceso de la ciudadanía a la información y a la toma de decisiones". Así pues, la centralidad de los medios de comunicación es tal que Aragüés los considera el espacio actual fundamental de la lucha de clases.
Sin embargo, buena parte de la argumentación (y de la crítica de Aragüés) es conocida. Algunos autores de la Escuela de Franckfort consideran que los medios de comunicación de masas contribuyen a bloquear la dinámica del cambio social, al ser un poderoso instrumento de manipulación mediante el que las clases dominantes imponen su ideología a las clases dominadas, la industria de la conciencia. Lo reconoce el mismo Aragues (pág. 55).
Antes de abordar algunos de los presupuestos contenidos en este discurso, es evidente la expansión e influencia de lo medios de comunicación de masas; al igual que la colonización del imaginario que efectúan pero habrá que reconocer también, primero, que no son los medios propiamente dichos, los que colonizan sino los discursos que transmiten; y segundo que las necesidades materiales no pueden ser satisfechas virtualmente y que son necesarios otros dispositivos para amortiguar el descontento cuando surge, tanto en los países del norte como en los del sur. Dispositivos que, por supuesto, son de carácter represivo, llegado el caso. Ahora bien, volviendo a la influencia de los medios no se debe ignorar que la comunicación interpersonal, típica de la sociedad tradicional, sigue teniendo mucha importancia en la sociedad actual. Es cierto que ha cedido terreno, mucho terreno, a la comunicación mediatica, pero también que influye sobre el emisor massmediatico, cuando produce los mensajes, y sobre el receptor, cuando los interpreta.
Centrándonos más en la argumentación propiamente dicha, el presupuesto básico es la relación de los medios con un único concepto, el de manipulación (o el "de uniformización de los contenidos ideológicos" (pág. 57). Se trata de un presupuesto de corte defensivo, fruto de una impotencia que ha crecido con el tiempo. Objetivamente, se debe a la consideración acertada de que los medios de producción decisivos se encuentran en manos del capital, del "enemigo". Sin embargo, es de una gran ingenuidad indignarse moralmente por esta situación (tampoco es creible que Aragüés lo haga). Como ya señalara Enzensberger en su crítica de la industria productora de la conciencia, en la referencia a la manipulación subyace una especie de lamentación, en la que se dejan entrever esperanzas idealistas, como si el enemigo de clase hubiera cumplido alguna vez las promesas de juego limpio que hace de vez en cuando.
Otro presupuesto fuerte en este tipo de discusiones, como se ha expuesto, es que el capitalismo actual vive gracias a la explotación de falsas necesidades estimuladas mediante la publicidad y la obsolescencia artificial. Ahora bien, la (fuerza de) atracción no se basa únicamente en el dictado de unas falsas necesidades, sino, sobre todo, en la falsificación y explotación de unas necesidades completamente reales y legítimas, sin las cuales sería superfluo el proceso parasitario de la publicidad.
Por último, salvando las reservas de quienes tienen una consideración fatalista de los medios - y el discurso de Aragüés no siempre se aleja de esta posición -, los distintos bandos implicados en cualquier conflicto social suelen coincidir sobre las posibilidades objetivamente subversivas de los medios electrónicos, aunque con desiguales capacidades de intervención. Los reproches de los gobiernos en cualquier país a los medios desafectos son un indicador de la capacidad movilizadora de la información transmitida por muy parcial que sea la misma. No es de extrañar pues, que Busch quiera impulsar todavía más la mentira organizada en los medios comprándola. Por otro lado, también tienen otras potencialidades muy desarrolladas actualmente: cualquier evento es transmitido en el acto hasta casi todos los hogares a diferencia de lo que sucedía en un pasado todavía reciente en que cualquier matanza, cualquier brutalidad aparecía en la sección de noticias del periódico varios días después.
Alrededor precisamente de este último hecho, se puede encontrar un hilo de luz sobre el estado de cosas existente porque en el mundo actual la información llega a cualquier parte del planeta a velocidad de autopista, la aldea global, de modo que la geografía del dolor, o una geografía del dolor (y no sólo de la epidermis), es conocida. Más aún, hay que reconocer que su visión golpea a las conciencias de quienes viven lejos de esa geografía. Quizás, nunca ha existido tanta solidaridad como ahora, o mejor tanta compasión. Sin embargo, las llamas de ese infierno están lejos de extinguirse, en el Sur, en el Norte, en el Este, en el Oeste, en el campo, en la ciudad,... Es como si en el mundo hubiera algo que escapara a la voluntad de los individuos y rigiera su destino fatalmente: el intercambio mercantil. Fenómeno no suficientemente tratado en el texto de Aragüés aunque si dentro de ciertas tradiciones marxistas. El mejor Lukacs lo aborda en Historia y consciencia de clase cuando describe cómo emerge y se configura un mundo de cosas y de relaciones cosificadas, cuyas leyes se contraponen a los hombres como algo invencible y al margen de su actuación.
Por supuesto, que Aragüés no desconoce este hecho pero no lo tiene suficientemente en cuenta (pág. 44), o al menos, no desarrolla sus consecuencias en la vida social, entre otros ámbitos, en el del imaginario. Metafóricamente, lo ha explicado bien Serge Latouche: "cuando uno tiene un martillo en la cabeza, todos los problemas se le presentan con forma de clavo. Los hombres modernos llevan el martillo de la economía en la cabeza. Contemplan todos los problemas bajo la perspectiva económica y ...se convierten ... en problemas económicos". En este mismo contexto, la lucha de clases, por la que apuesta (indiscutiblemente) Aragüés, se dirime en el seno de la sociedad, y por tanto, antes de que haya lucha de clases tiene que haber un hecho social. O en otras palabras, existe algo que hace que se mantengan juntas las distintas clases; incluso, en el caso de clases opuestas ya que su coexistencia no es explicable únicamente en términos de coerción política, en términos de fuerza. Ese algo es el imaginario social compartido. Y en este momento, ese imaginario consiste sencillamente en el imaginario mercantil, en el económico, que es compartido incluso por sus "víctimas", que también llevan el martillo económico en la cabeza. Se evidencia así, la fuerza del principio impuesto: el de la racionalidad basada en el cálculo. Este principio, condición y consecuencia de la forma mercancía, está en la base de la epistemología "conservadora". Una excelente genealogía del mismo puede seguirse en Sohn Rethel.

II


Las posiciones de Vattimo sobre los medios de comunicación, a las que se ha hecho referencia, constituyen la cuña para que Aragüés proceda a una revisión crítica de esa polémica que ocupa (el espacio y el tiempo de) la filosofía en los noventa, la postmodernidad. Difícil (y por otro lado, fácil) reto cuando uno se enfrenta a un término tan proteico, como el de postmodernidad, que lo mismo sirven para un roto que para un descosido. Las bases sobre las que se entretejen los discursos que tienen esta orientación son tan diversas (pág. 62) que difícilmente debiera aceptarse su validez filósofica. Más aún, cuando (en) el término (subyace) encierra un carácter connotativo y valorativo - y en ello, reside su utilidad pragmática para aquellos sujetos sociales que tienen una mayor capacidad de decisión -: la postmodernidad como valor actual y positivo, frente a la modernidad, que remite al pasado, a la estanqueidad y a los monstruos de la razón.
Aragüés aborda el desafío y aprovecha la oportunidad para efectuar un recorrido genealógico por el pensamiento constituyente que, históricamente ha buscado líneas de fuga frente al pensamiento constituido que se encuentra al servicio del poder. Son unas páginas excelentes que conforman el segundo capítulo II, en las que realiza un análisis del tratamiento dispensado a la Diferencia en la historia de la filosofía guiado por la actitud ante la verdad. Recurriendo a Deleuze tipifica dos procedimientos. Por un lado, el de quienes partiendo de la semejanza deconstruyen minuciosamente la diferencia. El resultado, multitud de discursos incomunicados. Sus consecuencias más evidentes: fin de la historia, renuncia a la intervención política. Por otro, el de quienes efectúan el camino inverso, y consideran que la semejanza, la identidad, la analogía son los productos de la Diferencia e inician así, el camino de construcción de lo común. En su derivación ético-política, se considerará como bueno lo que conduce a la composición de las diferencias y malo lo que las dificulta. En este caso, es perceptible "una pasión postmoderna por una política de liberación que permite la producción de proyectos colectivos respetuosos y conscientes de las diferencias" (pág. 68).
Asimismo, establece dos orientaciones en la aproximación a la Verdad y a sus relaciones con la Historia de la Filosofía: la de la Filosofía de la Representación y la de la Filosofía Productiva. En la primera, la filosofía propiamente dicha, constituye un proceso de desvelamiento de la Verdad: existe La Verdad y el deber del filósofo es encontrarla, hacerla presente. Su referencia originaria es Platón. En la segunda, la Verdad no está ontológicamente configurada, sino "que es el resultado de un ejercicio de fuerza (es producida)" (86). Sus precedentes más antiguos son los sofistas. Su representante más genuino, Marx. También, Nietzsche. A ese respecto, uno de los objetos de la Historia de la Filosofía es desentrañar las Relaciones de Poder de las que los discursos han sido efectos pero que asimismo, se han encargado de reforzar. Aragüés realiza un análisis histórico en los márgenes de la filosofía (para que emerja otro pensamiento) centrando su atención en aquellos autores que han rebasado el pensamiento constituido y que han construido un pensamiento constituyente. Spinoza, Marx, Deleuze y Negri, son algunos de los que le permitirán elaborar finalmente una propuesta ética de liberación.

III


En el último capítulo del libro, su autor se plantea la construcción de una práctica mayoritaria. Planteamiento ambicioso (y atrevido), justo es reconocerlo, que Aragüés aborda recurriendo y recuperando El Manifiesto Comunista. Dos son los ejes que le sirven de punto de partida, su descripción de la realidad como conflicto y su apuesta por la construcción de un discurso y una práctica, al servicio de la mayoría social: "la lucha por la vida de la mayoría se convierte, en este fin de siglo, en fundamento para un proyecto ético mayoritario, materialista y anticapitalista" (pág. 139). Su fundamentación teórica la encuentra no sólo en Marx, sino en ese rasgo, el conatus, que Spinoza considera como característico de los seres humanos, su aspiración a conservar la vida. La consideración del conatus de la mayoría es el punto de partida para la producción de una ética comunista, y por tanto, de la crítica de un sistema incapaz de asegurar la vida de la mayoría de la sociedad. O dicho en otras palabras, apuesta por lo común (de la mayoría) hasta donde sea posible, dado que la realidad del conflicto siempre está presente y por tanto, una política comunista, o determinada política comunista, ha de encontrar un límite en los intereses del capital.
En este contexto, cree necesario elaborar un discurso alternativo al dominante, como paso necesario para construir una subjetividad alternativa. Esto le obliga a revisar algunas propuestas éticas finiseculares, como las versiones españolas del universalismo dialógico, elaboradas por V. Camps o A. Cortina, pero también la del apacible (y divulgador) ético, J. A. Marina. Son páginas lúcidas que recuerdan a otras críticas de ese tipo de literatura bobalicona que tuvieron eco en los años ochenta, una de cuyas mejores expresiones es el libro de Luis Racionero, Del paro al ocio.
El discurso lo elabora a partir de la estimación de la Diferencia como dato, no como proyecto (pág. 11); en tanto que realidad primera, es posible converger y vertebrar vínculos comunitarios entre subjetividades diferentes. En este reconocimiento de la Diferencia que tiene como límite la supervivencia de la mayoría y en esta consideración, fundamenta Aragüés los primeros pasos de su propuesta para emprender esa construcción de lo común.
Objetivo tan primario como inalcanzable a tenor de los resultados habidos en el último siglo y medio de la historia de la humanidad; objetivo tan concreto como plano, sobre todo, cuando la mirada (y la estructura) cosificadora penetra honda, fatal y constitutivamente en la conciencia de los hombres porque la forma mercancía penetra no sólo los objetos aptos para satisfacer necesidades, sino también la misma conciencia de los hombres. Y no sólo, a través de los medios de comunicación de masas. Por ello, es preciso algo más que ética, que una determinada ética, es preciso algo más que invocar una genérica Diferencia que separa (enfrenta) a la mayoría de la humanidad de la minoría. Se hace necesaria una ética que sea capaz de superar, asimismo, la escisión entre el sujeto y el objeto, se hace necesaria una deconstrucción social, teórica y práctica, del dominio autocrático de la mercancía, un proceso que aparece de manera difusa en el libro y cuya consideración como central es calificada, en algún pasaje del libro, como economicista por Aragüés. Se trata de una carencia que deriva probablemente de la matriz intelectual del autor del texto.

IV


El proceso aludido de cosificación supone, como bien conoce el autor del libro, que las necesidades humanas son satisfechas bajo la forma de intercambio mercantil y por tanto, que el principio de la calculabilidad y de la mecanización racional inunde fatalmente todas las manifestaciones de la "vida", algo que no está bien tratado en el libro. La fatalidad que gobierna la "vida" de los hombres tiene, pues, un nombre, la lógica del mercado. Pero, además, en los tiempos que corren, un saber que la representa, la economía. Esta se constituye como el saber del demiurgo, especialmente en las últimas décadas, que uno tras otro conjura los acontecimientos que la conciencia registra como negativos. El libre intercambio, la competencia y el crecimiento son los caminos que ciegamente hay que seguir. Y se imponen a la conciencia que registra lo negativo, como el producto de la razón.
La conjura del moderno demiurgo es peculiar. Esta no consiste en solucionar tales problemas, sino en situarlos en la perspectiva de la racionalidad económica. La fe ciega en las fórmulas y no los resultados es lo relevante. De este modo, el mundo que nace de la conciencia social y el que nace de la racionalidad económica se escinden radicalmente. Aquel permanece como el de la opinión frente a la seguridad de las certezas de éste.
Se puede suponer que Aragüés no desconoce este proceso, dadas las referencias bibliográficas contenidas en el libro, pero no lo desarrolla, o al menos no tiene suficientemente en cuenta el progresivo abandono de lo humano que implica en favor de una creciente racionalización, de una determinada racionalidad basada en el cálculo. Probablemente, sea el resultado de las hipótecas que le impone la matriz ideológica de la que deriva su discurso y que supone primar unas corrientes en detrimento de otras; probablemente, sea el resultado de realizar una propuesta ambiciosa en su objeto pero limitada (y laxa) en su formulación para no dificultar la comunicación de las subjetividades: reunión (o coalición) de diferencias sobre la base del conatus para la mayoría que es considerado un punto de partida mínimo para la construcción de una ética comunista. Tarea inmensa. El libro contiene algunas herramientas e informa de algunos obstáculos, que su autor nos incita a utilizar y superar apasionadamente. Pero dada su inmensidad, el libro no puede agotar nuestra capacidad de interrogación; por ello, parafraseando a Gamoneda, "no extenúa las preguntas que aún percuten en (muchos de nosotros) como un caballo que galopase en la memoria". A ese respecto, su autor no ha malgastado el tiempo; tampoco lo harán quienes lo lean. Una parte de estos últimos encontrarán algunos pasajes luminosos para esa construcción de lo común por la mayoría social, al mismo tiempo que continuarán buscando proporcionar otros útiles y señalando otros obstáculos para la consecución de este fin.

Una apuesta teórica por una ética de la liberación.
Aragués, J. M.,
Líneas de fuga (Filosofía contra la sociedad idiota)
Fundación de Investigaciones Marxistas, Madrid, 2002




Libros

David Pérez Chico


Luis Beltrán Almeria y Jose Luís Rodrígez


Revista

Pablo Lópiz Cantó


Juan M. Aragüés






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