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Lineas de fuga

Revista > 2008

Líneas de fuga (Filosofía contra la sociedad idiota)

Contra el mundo

Pablo Lópiz Cantó
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"Si no espera, no encontrará lo inesperado,
imposible de buscar como es y sin vía cierta".
Heráclito.


Infiernos sólo, y delirio. Modulaciones diversas del mal. Y una burla en la noche. Esputo o vómito. Como una sombra entre basuras avanza el filósofo. Carga con la infinitud de la indignación y del asco. Aroma a gas y podredumbre. Lanzan en fuego entre dos un contenedor calle abajo. La filosofía habita esos despojos. Porque se razona desde la oscuridad y el gesto anónimo. Porque no hay más razón que la que prende en el albur de un encuentro fugaz y nocturno. Como escribiera Char, "en el caos de una avalancha, dos piedras unidas en un salto pudieron amarse, desnudas en el espacio. Al agua de nieve que las acogió le sorprendió su espuma ardiente" .


Una grieta en el horizonte

Espejismo que chirría en las bocas en este tiempo de guerra y del atroz Imperio. Otro mundo es posible. Como el Teatro Olímpico de Andrea Paladio, confiere el eslogan una fingida profundidad a un escenario plano, indigno. Desplaza la atención. Ofrece consuelo frente al mal de este mundo. Sin embargo, ahora que escasos pensamientos merecen ser caracterizados con otra cosa que no sea el insulto, Marina Garcés ha escrito un bello libro -En las prisiones de lo posible- que no señala un estado de cosas ni un difícil problema teórico, sino una experiencia, la de la irremediable soledad de este mundo, la de la imposibilidad de vivir en relación a algún otro, de soñar paraísos. Porque decir otro mundo es posible es llenarse de estupidez una garganta que ya sólo cubre el vacío. Marina Garcés se ha encargado de pensar contra semejante reverberar del decir utópico, contra el sentimiento de impotencia que deja tras de sí en el paladar cuando en una manifestación alguien lo grita para que después todo siga idéntico. Porque decir la utopía es sólo llorar por aquello de lo que se carece, entristecido lamento. Coordinadora de ese extraño lugar en Internet centrado en el ejercicio del pensamiento crítico que es Espai en Blanc, colaboradora para la revista Archipiélago, nacida en 1973, ha escrito contra tales ensueños un libro de esa rara disciplina que, lo dijo Aristóteles, es cosa de viejos. Con apenas veintinueve años pertenece a una generación que ha crecido acosada por las aburridas tesis posmodernas del fin de la historia y de la disolución de la realidad en simulacro, por la defensa del status quo implicada en el repugnante todo vale y en el esteticismo. Y ha desertado. Lectora -seguro- de Vaneigem, ha sabido "defender los derechos de su infancia con las armas más temibles de la técnica senil" . Ha escrito. En las prisiones de lo posible ha surgido a partir de la tesis con que, en filosofía, se ha doctorado. Pero, por extraño que pudiera parecer, ello no resta potencia a su libro. Al contrario, el ropaje de académica seriedad y estricto clasicismo con que se cubre sienta bien al desorden del cual los conceptos que expone son signo. Ha buscado en él, así -y para ello ha recogido en detalle y utilizado como herramientas a cuatro autores ya clásicos, a Aristóteles y Leibniz, a Heidegger y Marx- profundizar en la grieta abierta por el más radical y activo nihilismo. Diluir fundamentos. Arrasar consuelos.

Pensar contra lo posible ha sido para Marina Garcés pensar contra el pensamiento -pues también él habita aquí y repite este mundo solitario y estúpido. Y pensar lo posible contra lo posible -tal la tarea y el desafío- ha sido pensar contra el mundo. Porque lo posible ha llegado a convertirse en la más amplia y asfixiante cárcel, en privilegiado lugar de encierro y exclusivo horizonte. Porque más allá de ello tan sólo parecen restar hoy muerte y desperdicios.


Sobre un derrumbe

Bajo muy diversas formas, de Aristóteles a Leibniz acaso haya sido controlar la contingencia, frenar la exigencia de que las cosas sean distintas, contener la revuelta ante la percepción de lo intolerable, suprimir la indignación ante el mal la más esencial función del pensamiento de lo posible como palabra de un poder en ejercicio. Al fin, entre "el mejor de los mundos posibles" leibniziano y el "todo está bien" del optimismo ilustrado del XVIII inglés apenas sí mediara un paso, y la afirmación de la necesidad de la tragedia, de la servidumbre, de la muerte pronta y de la horrible enfermedad, de un modo u otro, los atraviesa a ambos. En nada cambiaría eso la más tardía introducción en la filosofía de un elemento histórico. Está comprobado, la estulticia humana sobrevive a los terremotos. De Voltaire a Rousseau, al Kant precrítico, las transformaciones teóricas que el cataclismo de Lisboa de 1755 origina no parecen sino revitalizar, estableciendo las condiciones para su extensión en una histórica transitoriedad, las justificaciones de lo maligno que culminaran con el hegeliano relato del devenir imparable hacia la global bondad del mundo y, en ello, borraran el eco del dolor, la abundancia en los gritos. El pensamiento de lo posible ha sido un pensamiento sometido a la prosecución de un fin que decía compensar los males sufridos.

Y, si bien cuando se trata del mal es necesario remitir exclusivamente a lo que se juega en el ámbito de la moral y, por tanto, por extensión al mal político, acaso no pudieran ya hoy excluirse de tal esfera las inclemencias naturales o las desgracias de que habitualmente se culpa a un siempre en el fondo inocente orden físico. Se sabe hoy, porque lo narraron aquellos que hubieron de habitar los campos de concentración del nazismo, que trabaja la climatología al servicio del poderoso, contra el vencido y en favor de los verdugos. Recuérdense al respecto las palabras de Antelme: "el invierno eran los SS, el viento, la nieve eran SS" . También las tormentas parecen repetir el mal y el dominio. Pero la luminosidad del reino de los fines que justificara el horror parece haberse esfumando, porque la presencia de un mundo nuevo, de otro mundo posible, de un mundo mejor ha desaparecido finalmente. El decir de la Teodicea, que inaugurara una teleología inmanente para mejor obturar la mirada ante el paralelo suceder del mal y del mundo, y que con el tiempo mutara en una filosofía de la historia capaz de despreciar la muerte del inocente al someterla a una supuesta social ascensión hacia el paraíso de una idea, en pos de un global y benigno interés para el humano desarrollo, ha sido en las últimas décadas barrido. Los hoy viejos delirios que profetizaran la llegada de un orden nuevo ya sólo suenan a broma. A chiste de mal gusto. Expresarlos con seriedad supone caer automáticamente en el ridículo.

Pero no precisamente fueron, como a menudo se quiere hacer creer, los consejeros del príncipe, como esos teóricos posmodernos que han buscado arrogarse un nuevo triunfo, quienes, como si con ello fuesen a lograr hacer mas insufrible este insufrible mundo, suprimiesen tales ensueños que tan efectivos se habían mostrado a la hora de desbaratar los disturbios. Al contrario. Fue toda una corriente subterránea de pensamiento que se extiende desde al menos el Maquiavelo de los Discorsi, pasando por el spinoziano apéndice al primer libro de la Ética, por Marx y por otros, y que fue a estallar en mayo, y en el sesenta y ocho. Fue una multitud anónima, familiar pero desconocida quien definitivamente aniquilara el reino de los fines con su incontenible arrebato. Lo escribía Blanchot en La comunidad inconfesable: ""Sin proyecto": éste era el rasgo a la vez angustioso y afortunado, de una sociedad incomparable que no se dejaba aprehender, que no estaba llamada a subsistir... Al contrario que en las "revoluciones tradicionales", no se trataba solamente de tomar el poder para reemplazarlo por otro, ni de tomar la Bastilla, el Palacio de Invierno, el Eliseo o la Asamblea Nacional, objetivos sin importancia, ni tampoco invertir un mundo viejo, sino dejar que se manifestara, más allá de cualquier interés utilitario, una posibilidad de ser-juntos" .


Asomarse al abismo

Una inquietud parece sin duda habitar En las prisiones de lo posible -el libro. Probablemente la intensidad que lo recorre tome consistencia en su instalar sobre el vacío de una espera que ya nada anuncia, en enfrentarse a un abismo. Flecha lanzada en la noche de tan solitario mundo, la escritura de Marina Garcés se abstiene de toda profecía. Atenta a la escucha de una voz que como la de las sirenas nunca parece llegar porque sólo dice el futuro de su canto, repite en segundo lugar como en un eco el hallazgo de lo que no es sino índice, acontecimiento puro, simple rumor del mar o tal vez el silencio golpeando las rocas. Su abrirse sobre la contingencia absoluta de los acontecimientos deja al pensamiento volcado sobre un porvenir cuya promesa no puede ser otra que la de lo inesperado del cual el presente será extraña estela, irrisorio pasado. Porque siempre ocurre lo mismo a quien al rugido de la realidad se acerca, cuyo sonido las palabras auguran pero retienen en un venir necesariamente incumplido, en el bamboleo que lo trae sin concederlo nunca. Se enseñorea desesperada esta espera que no conduce ya a nada, pues que aquello que la colmara no habría sino de suprimirla, pero que no es pasividad ni impotencia sino un agrietarse del ser que se convierte en posibilidad absoluta, que se sostiene en un movimiento continuo y sin término, que sin reposo se recoge sobre su propio vacío. Instalarse en la estructura de la espera no parece, al fin, para Marina Garcés haber sido sino reincidir en la desocupación de ésta, en su ahuecamiento, un agarrarse a la más absoluta contingencia, a su necesidad y a su inquietud.

Para morderla -como ella misma muy bien ha dicho. Pues comprender la necesidad de tan solitario mundo es observar la necesidad de la contingencia que lo transita. Es ver el otro rostro de lo mismo, retomar y dar cabida, así, al clamor de las luchas que lo constituyen y que -aún sin que reste viso alguno de esperanza en semejantes impulsos- su transformación exigen. Es contemplar, por tanto, la irreverente presencia de unos nunca del todo apagados antagonismos. Agarrarse a la suerte. Tal parece ser la más radical y también la única destinación no sometida a destino, el extraviarse en el abandono de un albur por completo desnudo a ese momento sin esperanza y sin apertura -porque todo en él es ya grieta, intersticio que recorre la herida, acontecer puro- que hace de la total contingencia espacio de resistencia, coraza última. Se apuesta en ello por escapar al aburrido y cruel juego de los posibles, a la lógica de su dominio, a la obligación de una elección que nada trastorna y ya no conmueve, al reparto entre opciones que no son sino los diversos pasillos de un mismo infierno -se trata de lanzar los dados con la suficiente fuerza como para que se rompa el tablero, para que se quiebren también ellos mismos.

Heredera del combate contra los teleológicos ensueños, no ha pretendido un trazado histórico ni una descripción de las sucesivas formas a que ha dado lugar el pensamiento. Se ha ocupado de lo único que a la filosofía debiera preocupar, sin concesiones ni retrasos, de la realidad, de experimentarla. Ha hecho ontología, es decir, ese uso que hace de la filosofía al mismo tiempo instrumento de comprensión y arma en la política batalla. Porque la ontología es eso, un espacio político, lugar de una lucha, laboratorio crítico. La cuestión es desde dónde la crítica cuando ya sólo hay un mundo solo. Y atenta a los movimientos insomnes, a los gestos que arrastran el mundo, a los combates que hacen de su soledad lugar de un azar incontenible, territorio exclusivo de la sorpresa ante lo inesperado y de la suerte, Marina Garcés reinscribe en lo real un posible absoluto que lo mantiene todo como en un salto suspendido, en un salto que, alejado de las finales llegadas a puerto, de los sueños de un postrero descanso, insiste en la ausencia de cualquiera que fuera la forma que adquiriera la imagen de un nuevo reposo. Hacia ninguna parte se abre en un nuevo comienzo. Al fin, como dijera Bataille en Lo imposible, "ninguno de nosotros es más que un dado, sacado del azar, desde el fondo del abismo, una burla nueva" .


Asaltar este infierno

Resta aún el bullir de incontenibles conflictos. No son anuncio de un nuevo orden, sino meras interrupciones, cortocircuitos en la sucesión de los días, en la repetición constante de lo mismo. Impulsos bárbaros transitan aún la geografía agitando este aburrido cuando no repugnante mundo. No vienen de una exterioridad lejana, sino de un afuera que persiste cercano, de un afuera interior que es lo más próximo y, por ello mismo, lo que se mantiene impensado y desconocido. De entre los despojos continuamente renace como una llama azul de gas en la noche un siempre ignorado desafío. No lo acomete sujeto alguno. Es la activación irreverente de los desperdicios. De gestos anteriores a los cuerpos y gemidos que no rompen en el llanto, balbuceos que no construyen reconfortantes sentidos, que no proyectan otras auroras ni dibujan emancipaciones que no harían sino caer en el más completo de los ridículos. Es el tener lugar de una desviación en la trayectoria que marca el dominio. De la carambola que a raíz de tal descarrío provoca el encuentro. Del dispararse del éxodo y del contagio. Como enseñara Santiago López Petit, no se trata ya más de tomar por asalto el cielo, sino de "desocupar el orden ocupando el espacio" . De hacerlo de mismo modo que Marina Garcés, incluso en ese que es el espacio del pensamiento y del discurso. De borrar los ensueños de posibles mundos que no hacen sino aplacar la percepción del mal. De resistir intolerantes. De hacer crecer el espacio en blanco y los conflictos. De también en la palabra, en sus trozos deshechos, hacernos dueños anónimos de nuestro infierno.

Que la lluvia que somos caiga violenta sobre este circular y solitario desierto.



Garcés, M.
En las prisiones de lo posible
Bellaterra, 2003


Libros

David Pérez Chico


Luis Beltrán Almeria y Jose Luís Rodrígez


Revista

J.L. Rodríguez García


Uwe Kiaer Nissen






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