Riff-Raff


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La strategia del risveglio

Revista > 2008

De qué hablamos cuando hablamos de literatura

La strategia del risveglio. La resistencia crítica de Juan Carlos Rodríguez

David Mayor
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Da questo luogo io sorridendo resisto
Franco Fortini

En una ocasión, escuché al novelista Rafael Chirbes decir que su literatura era una respuesta a la gran traición cometida por muchos de los que formaban su generación; un ajuste de cuentas con los sesenta-setenta, aquélla generación que creyó en la potencia del imaginario, que trazó nuevos mapas y descubrió otras geografías, que dijo que las puertas del paraíso podían abrirse. Recuerdo que Rafael Chirbes citó a Walter Benjamin aquel día del que estoy hablando: "ni siquiera los muertos estarán a salvo del enemigo si éste vence, y hasta ahora no ha dejado de vencer". Chirbes lo dijo a mediados de los noventa, encallado el corazón y la voz grave, después de vivir en ristre transición española y gobierno "socialista", y ver cómo la esperanza se agriaba con tanta tristísima tropelía. Su generación había buscado el poder de frente y al encontrarlo una parte lo vistió con la misma galanura que antes repudiaba, olvidándose de la palabra vivida, escrita y soñada con reciente anterioridad.
Una generación que, hollado el poder en instituciones, empresas, en la vida cultural y cotidiana, intenta con él y consigue desmatelarse, neutralizar, subsumir, que sólo reste el pecado de la nostalgia. Que el 68 o el 77 sean muescas de la cultura popular, travesuras que contar a los nietos. Como el rock, el punk, el arte povera, el movimiento okupa o el situacionismo. La marginalidad está permitida, lo alternativo y la gente maja; hay sitio para todos, por supuesto que sean reconocibles, que lleven distintivos y no tengan posibilidad ni crédito. Los adoquines ya han desaparecido de las ciudades. Si no, ya se sabe: melancólicos o muertos. El enemigo sigue venciendo: otra generación más, que se instala en sus esplendorosos cincuenta años de historia y olvida de cuajo, acaso con un gusto rancio a culpabilidad que se limpia con orgullo, el peor abrillantador de todos. Generación que traiciona, chivatea, se miente. Hereda la casa de sus padres, la convierte en solar y lo pone en venta, para que lo compremos los siguientes, los de mi generación, grises y violentos, los que diluimos la realidad pasada en el recuerdo sin la instancia de lo vivido. Desde el poder, esos que allí se han instalado delegan fracasos en los que vivimos en el fracaso y, limpiándose las manos, nos acusan de oportunistas, vividores de renta paterna, huecos cuando somos deshecho. La generación siguiente, mi generación, es la representación de la traición que jamás reconocerán. Nosotros somos su traición: inútiles, sin esperanza, espectadores y espectáculo, dispuestos a vender barata la mínima dignidad. Como si los años pasados hubieran sido mera retórica, literatura fácil, gesto oportuno. Tiene razón Rafael Chirbes, el novelista perplejo (1). Y también tiene razón cuando ha dicho que la única crítica posible eficaz se entiende a esa traición, para que el enemigo deje de vencer, sigue siendo la crítica ideológica. La misma crítica con la que se escribieron tantos libros hoy descatalogados, y no sólo de las estanterías de editoriales y distribuidoras, también de las investigaciones académicas y del comentario popular. Por eso me interesan tanto los libros de Juan Carlos Rodríguez, quien, como Chirbes y algunos otros de la misma generación intelectual, mis queridos amigos de Riff Raff sin ir más lejos, no renuncian al mirar crítico, al pasado ni al futuro. No hacen de la crítica ideológica un exilio interior ni una nota a pie de página; siguen tirando adoquines, aunque sepan que no hay playas bajo las aceras y que la imaginación llegó al poder y ha envilecido.
Esa generación, anterior a la mía, es mi vergüenza y mi educación sentimental pienso en Flaubert y da espanto. Pero en ella busco y encuentro: una parte me ha enseñado que los sueños son aquello de lo que uno se despierta; otra parte, me anima con las mejores palabras, palabras críticas que están en sus libros y artículos, en sus lecciones.
Y digo lecciones, no por la cualidad moral que conlleva esa semántica, que también la reconozco con placer, sino porque De qué hablamos cuando hablamos de literatura, el último libro de Juan Carlos Rodríguez, es un excelente grupo de lecciones sobre literatura moderna. Con literatura moderna me refiero a la literatura que da forma a la ideología burguesa, es decir, cuando el inapelable mundo escrito por Dios es sustituido por una narración sin sentido escrita por un idiota; Shakespeare y Faulkner sustituyen a la Biblia. "Lecciones de escritura" las de este heterodoxo manual que abordan la teoría literaria y los más variados estudios específicos: el realismo y la novela fantástica, el sentido trágico en Lorca, la ficción de la mirada en Rubén Darío, Montaigne, ese hombre que viaja solo con la sílaba del no, o unas "Versiones sobre Borges" que bien podrían ser un libro exento, son sólo algunos de los asuntos. Cada uno de ellos merecería toda la atención. Lecciones, cuyos presupuestos básicos son la radical historicidad de cualquier manifestación cultural y el ineludible débito respecto a los inconscientes ideológico y libidinal. Presupuestos, marxistas (2) y freudianos, que atraviesan y fundamentan toda la literatura de Juan Carlos Rodríguez; norma literaria que es la raíz de la literatura tal y como hoy la entendemos, desde sus inicios en el albur del modo de producción que siguió al feudalismo: "La literatura como horizonte ideológico cuyos esquemas no se pueden sobrepasar (...) pero no es menos verdad la contradictoriedad ¿vale decirlo así? respecto a la propia ideología, desde la misma articulación incluso del discurso que la engendra: porque la herida está ahí y duele."(3)
Esa tensión crítica entre el horizonte ideológico y la contradictoriedad "no implica ninguna parálisis de lucha, sino, muy al contrario, la percepción de las brechas y las fisuras desde las que es posible iniciar o continuar la lucha. (...) Y lo que los hombres hacen, también los hombres lo pueden transformar en la historia. De ahí, al menos como comienzo, la necesidad de una Poética política, de una alternativa literaria y de una lectura crítica de la Teoría.// Frente a la "estrategia de la araña", de nuevo la "strategia del risveglio" del despertar como resistencia crítica".(4) La herida, la traición, es un mal sueño del que se puede despertar. La ideología dominante y todos sus mecanismos tienen alternativa. El poder constituido puede virar en poder constituyente. Pienso en los sistemas abiertos de los que hablara Gilles Deleuze recordando a Maurice Blanchot (5) y el "espacio literario" que se resiste al nombrar acabado o inconcluso. Quizá el modelo rizomático pudiera, metafóricamente, asociarse a la estrategia de la araña, pero no. Deleuze lo definió como "aquel [sistema abierto] en el que los conceptos remiten a circunstancias y no ya a esencias"(6): no es un sistema definido en cada uno de sus pegajosos perfiles, dado a los privilegios o las jerarquías preexistentes. Es en su hacerse. Ya está bien de esencias, falsas promesas y paraísos perdidos, de lucidez al salir de la caverna: la Poética política, la strategia del risveglio, participaría de ese espacio literario abierto a la circunstancia y su contingente devenir: "reivindicación de una creatividad radical, de una alternativa literaria a través de los valores transgresores de una nueva vanguardia" escribe J. C. Rodríguez refiriéndose a la literatura que preocupa a Francesco Muzzioli. "Vanguardia considerada como alternativa literaria no sólo en el sentido formal/lingüístico, sino en su extensión a todos los niveles de la existencia. Y literatura alternativa en tanto que descentrada, en tanto que crítica y autocrítica." (7)
Descentrarse y despertar, aunque sea poco a poco, a pesar del riesgo: estar afuera. Y no sólo descentrarse respecto a esta traición contemporánea que atenaza, ir más allá: despertar del idealismo platónico, del espiritualismo antropológico, de las categorías kantianas que excluyen con fronteras razón y sentimiento, pensar con el cuerpo que diría Deleuze, que dijera Spinoza. E, incluso, no sólo incurrir en las vetas y contradicciones de la literatura burguesa sino releer el devenir occidental. Recientemente, José Luis Rodríguez García ha publicado otra serie de lecciones Mirada, escritura, poder con esa intención de relectura del devenir occidental, sueño de la libertad que diría Juan Carlos Rodríguez. Relectura de la linealidad del discurso hegemónico que inauguró con soberbia proyección Platón. Devenir que se constituye en la tríada de conceptos que enumera el título a través de elásticas, pero siempre firmes, vías circulatorias. Vías de hondo calado político que han generado constantes procesos de subsunción, de tal modo que el atentado despótico parezca necesario. Y aquí el ejemplo más inmediato es nuestro propio ejemplo, el de este tiempo en que vivimos, cuando la independencia no muy lejana de mis mayores se ha convertido, tristemente, en delación.
Hegemonía de un sentido, la mirada, de una traza que dibuja el mundo en conceptos difíciles de desactivar. Difíciles, pero desde un principio, y eso relata Mirada, escritura, poder como si se tratara de un gran fresco novelístico, junto a la hegemonía, el empeño por la desactivación ha sido constante. La confrontación crítica. El descentramiento. Como Rafael Chirbes y Juan Carlos Rodríguez, este libro también termina con una exigencia política. No podía ser de otro modo: para J. L. Rodríguez García "vivimos aún en la turbulencia de una agitación que, pese a todo, no ha sido silenciada, aunque se hayan oficiado en muchas ocasiones sus exequias."(8) Esa parte de la generación anterior a la mía que tanto admiro se pregunta cómo hacer, imaginarlo aunque sea, en la contingencia del risveglio porque "[no es posible] fijar los límites del cómo hacer a partir de un fundamento, puesto que no hay verdad universalizable, aunque existan verdades objetivas." (9)
Vuelvo, para finalizar, a Juan Carlos Rodríguez, a hablar de literatura. Cómo hacer en literatura. El homenaje explícito a Raymond Carver del título, De qué hablamos cuando hablamos del amor, fija, desde un principio, cuál es la poética política que sigue J. C. Rodríguez: una apuesta realista que, escribe con Brecht de cerca, "supone sacar a la luz las contradicciones del inconsciente que nos habita y que objetivamente engrasa a las relaciones sociales. Es lo que se podría llamar el intento de producir el efecto-verdad, hacer visible lo invisible, más que la tradicional descripción de lo que se ve o se oye." (10). Hacer visible lo invisible: escritura como resistencia crítica, un mirar de otra manera nuestra radical historicidad, nuestro yo mismo, no por su esencia sino por su contingencia, la invisibilidad de un territorio que es sólo en proceso.
Ahora, mientras estas líneas surgen con esa pulsión extraña que casi siempre termina por destruir la mayoría de lo que escribo, recuerdo el epígrafe que José Luis Rodríguez García puso al frente de su Marx contra Marx, un pequeño fragmento de El oro, escrito en 1925 por aquel poeta manco y voraz con la letra y la vida que fue Blaise Cendrars: "capitán, un trozo de historia del mundo se ha abatido sobre tus espaldas, pero tú te mantienes firme entre las ruinas de tu poderío. Levanta la cabeza, mira a tu alrededor, Mira los millares de individuos que desembarcan todos los días y que vienen a trabajar aquí, a labrar su felicidad. Una vida nueva surge en la región. Tú tienes que dar ejemplo. Ánimo, viejo pionero; esta tierra es tu verdadera patria. Vuelve a empezar".(2) Asfixiante actualidad la de este texto. Pienso en la traición de la que hablara Chirbes, la gran lista de cretinos que han vendido su alma al diablo y escupen la memoria histórica; pienso en los que no se han dejado arrastrar por ella, caminando con un secreto.



Notas:

1. Rafael Chirbes ha reunido recientemente una colección de conferencias en las que se ocupa de su ideología literaria o poética política titulada El novelista perplejo, Anagrama, Barcelona, 2002.
2. "Haría falta un poco, un gramo al menos, de la racionalidad democrática del plausible marxismo de hoy para que las cosas empezaran al menos a entenderse. Y hablo muy en serio al pronunciar la palabra maldita y tachada: ese marxismo que continuamente se echa de menos al observar el carácter ínfimo de los debates teóricos sobre la situación actual". Juan Carlos Rodríguez, De qué hablamos cuando hablamos de literatura, Comares, Granada, 2002, p. 12.
3. J.C. Rodríguez, La norma literaria, Diputación Provincial de Granada, 1994, pp.30/31 (existe una edición más reciente, 2001, corregida y aumentada, que lamentablemente no conozco, en Debate) Hilo rojo ya presente en Teoría e historia de la producción ideológica, Akal, Madrid, 1975, 2ª ed. 1990. Francisco Díaz de Castro lo llamó "mosaico en el que las distintas teselas trazan en su conjunto una reflexión sistemática y profunda" en la nota editorial que antecedía a Dichos y escritos, Hiperión, Madrid, 1999. Por cierto, este libro es definitivo para entender la significación de la llamada "otra sentimentalidad", para entender la hondura teórica de la propuesta materialista que en principio asumió y el porqué de los devaneos superficiales a los que ha llegado la ulterior "poesía de la experiencia".
4. J.C. Rodríguez, op. cit., 2002, p.114. Este fragmento corresponde al capítulo "Las teorías literarias contemporáneas", un comentario a la "derrota" acaecida por cierta izquierda intelectual italiana tras los años de plomo y los débiles ochenta. J.C. Rodríguez se centra en una de las líneas de fuga, de resistencia, la que tiene su origen en los Quaderni di Critica, cuyos nudos y puntos de discusión están en la Alegoría de Walter Benjamin, el Grotesco de Bajtín y el Distanciamiento de Bertold Brecht; en concreto, Rodríguez se ocupa de Francesco Muzzioli y glosa en profundidad su ensayo Le teorie letterarie contemporanee (Carocci, Roma, 2000).
5. Ibid, p. 104.
6. J.C. Rodríguez también cita a Blanchot para fijar la radical contingencia de la literatura, la incertidumbre del mirar órfico frete al apabullante poder del acontecimiento platónico: "Precisamente escribió Blanchot la esencia de la literatura consiste en escapar a toda determinación esencial". Ibid, p.29
7. Gilles Delueze, Conversaciones, Pre-Textos, Valencia, 1999, p.53.
8. José Luis Rodríguez García, Mirada, escritura, poder, Bellaterra, Barcelona, 2002, p.78.
9. ibid, p. 340. El último capítulo se titula Cómo hacer, "ineludible obsesión".
10. J.C. Rodríguez, op. cit., 2002, p. 272.
11. Vid. J. L. Rodríguez García, Marx contra Marx, Endymión, Madrid, 1996.


Rodríguez, Juan Carlos
De qué hablamos cuando hablamos de literatura,
Comares, Granada, 2002.


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