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Esplendor...

Revista > 2008



Esplendor y fragilidad del arte

J.L. Rodríguez García
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Confieso mi extraña predilección por un tipo de literatura que la crítica suele considerar inferior. Pues, si el seguimiento de la producción novelística me provoca con mucha frecuencia en el hastío y la recepción de lo poético genera con harta frecuencia el sentimiento de un dejà vu o, en el colmo, la impresión de asistir a un magnánimo voyeurismo que dista notablemente de la tarea esencial del poeta, nada semejante reaparece en lo que me parece animar ese tipo de literatura al que acabo de aludir. ¿De qué tipo de literatura hablo -hablamos, se habla?. Literatura extraña, marginal, escoria de lo que la crítica y los lectores consideran fundamental. Páginas de hoguera, letras de sangre, capítulos en apariencia de heladora fragilidad: apunto a la sobresaliente validez de los Diarios, de los Epistolarios, de las Memorias. Monumentos todos ellos de silencioso fulgor. ¿Será preciso subrayar algunos momentos de espectacularidad insólita? Recordaré a Goethe y sus referencias autobiográficas, las inquietantes memorias de ese Chateaubriand que escribe desde el mausoleo de su desterrada familiaridad, el inmenso epistolario intercambiado entre Flaubert y L. Colet, los diarios de A. Nin, las cartas desasosegadas y desérticas que Artaud remite a los diablos desde Rodez, las cartas de Pasolini -entre 1955 y 1975, publicadas por Einaudi-, los turbadores Cuadernos de Cioran, y, en fin, las rememoraciones de P. Auster.
Lo sorprendente de tal género no radica en el hecho de que se nos cuenten los pormenores de un estilo de vida, de las sombras que conformaban el teatro configurado por los stars system de un mundo acabado. Nada de esto, que es lo inesencial. Lo fundamental es que este género literario puede circunscribrir con precisión geométrica la recepción individual de una situación, de un horizonte social y político. Tales muestras son el más potente certificado de la recepción del mundo desde el cuerpo. Así, ficciones puras, lo Absoluto de la literatura. Y de poco serviría advertir, es cierto, que su función social adormece peligrosamente otras voces. El gesto de los panaderos, de los soldados analfabetos, de las mujeres iletradas. Tal asunto provoca estremecimiento. Mas son los testimonios con que nos encontramos entre las manos. Relatos que es preciso considerar como ajenos al autor -quien escribe cartas o recuerda su vida-. Textos: frialdad. Lo esencial es acallar la voz, lo fundamental es aproximarse al texto -a este género- como si leyéramos una Ficción. Esto es, como expresiones de la fértil intersección entre el cuerpo del escritor y el mundo. De aquí que sea preciso reconocer lo esencial de ese mundo que es recibido por el cuerpo del escritor para saborear tal género literario.
Dos obras de reciente aparición en castellano ilustran de forma soberana este género literario -acaso den consistencia a mi predilección confesa-. Me refiero a La tentación del fracaso, de J. R. Ribeyro, a quien siempre he considerado una de las figuras claves de la literatura de la segunda mitad del XX, y a Un pintor de hoy, de J. Berger. Es indudable la pertinencia de incluir a la primera en el género literario al que me vengo refiriendo, pero es más discutible sustentar que la novela de Berger pudiera catalogarse como muestra del mismo, a pesar de que adopte la forma de diario y de comentario sobre las páginas del diario de Janos Lavin. Pues bien, si me atrevo a poner en diálogo hoy a Ribeyro y Berger es porque también Un pintor de hoy resulta ser, a su manera, un diario centrado en la remembranza del encuentro entre el artista y el mundo en que vive. Es cierto que el autor apunta en el Epílogo escrito en 1988, treinta años después de la aparición de la primera edición inglesa, que todo es ficción en la novela: ni el pintor húngaro Janos Lavin existió, ni John, el amigo y crítico de arte, que va comentando las páginas del diario que encuentra en el estudio del artista desaparecido tiene nada que ver con él mismo, con John Berger. Y, sin embargo, no puede pasarse por alto que la afición primera y primaria de Berger es la de la pintura -como lo es la de Lavin-, y la de la crítica de arte -como la de John-, aficiones jamás abandonadas -y, para evidenciarlo, ahí está esa joya reciente titulada Te mando este rojo cadmio, resultado del largo diálogo mantenido con John Christie-. Así, personajes novelescos que ilustran las centrales Absichten bergerianas y que permiten leer Un pintor de hoy como la expresión de las inquietudes del autor. Pues bien, ¿de qué nos hablan Ribeyro y Berger? ¿Acerca de qué dialogan?
Los títulos de las respectivas obras dejan ya una marca indeleble. El escritor peruano, a lo largo de casi treinta años, ronda con maniaca obsesión la sensación de su fracaso como escritor, apenas aliviada por la aparición de sus primeras obras y la muy digna recepción que merecen, por ejemplo, sus novelas Crónica de San Gabriel o Cambio de guardia. Y, ni que decir tiene, sus colecciones de cuentos. Inquietud que amenaza con transformarse en arrasadora: "una vez la pluma en la mano -testimonia-, el pitillo en los labios me doy cuenta de que no tengo nada que decir. Hace algún tiempo que experimento la misma sensación. Proliferación de ideas, pero incapacidad para trascribirlas o mejor dicho degoût por el acto mecánico de escribir" (p. 105). Años más tarde, y sin que tal impresión se haya desvanecido nunca, Ribeyro escribe: "careciendo de fortuna y no poseyendo un gran talento, estoy condenado a ser un mediocre vividor y un escritor mediocre" (p. 226). Y, por su parte, también Berger es explícito: pues, ¿qué es Un pintor de hoy sino el relato de la aventura de un pintor que se esfuerza denodadamente por encontrar la representación que le satisfaga -y que convenza a los otros? Asistir a la creación de Las olas, Las Olimpiadas, El nadador o La escalera, títulos de algunas de sus composiciones, es contemplar la metamorfosis de la ilusión en dolor, de la alegría en una decepción sombría, similar a la que experimenta el desdichado Ribeyro, quien ya reconocerá tempranamente que "el gran secreto de mi fuerza moral reside en haber sabido sobrellevar, hasta el momento, con paciencia mi amargura" (p. 72).
Ribeyro y Lavin, frente a frente. Ahora bien, ¿por qué su fracaso? ¿Por qué Ribeyro, mejor dotado que cualquier de sus compañeros generacionales para el cuento y el aforismo, por qué la obra de Janos Lavin no consiguen ser aceptadas? ¿Es su aislamiento lo que determina su fracaso o es éste el que desemboca en marginalidad y exilio? ¿O se trata, simplemente, de que Lavin y Ribeyro ilustran la siniestra fortuna que amenaza a los elegidos por el don saturnal? Hace décadas, Sontag dedicó un bello recuerdo a Pavese en el que presentaba al artista como el sufridor ejemplar, viniendo a subrayar ese idea fuertemente anclada en la tradición que tiende a situar la genialidad y el impulso creativo en territorios cercanamente fronterizos con los estados patológicos. Desde luego, las biografías, real o ficcional, de Ribeyro y de Lavin nada muestran de patológico, aunque mucho de excepcionalidad. Ambos son exiliados y ambos viven de muy particular forma su exilio: alejado del natal Perú, Ribeyro recorre Europa, de Madrid a Amberes o Munich, pero, sobre todo, deambula por el París tabernario de París, mientras que Lavin, huido de Hungría después del derrocamiento del gobierno revolucionario de 1919, ha madurado en Alemania para instalarse, finalmente, en Londres. Ambos sobreviven con dificultades aquí y allá. Ambos viven la crisis de los modelos en que fueran educados: el escritor peruano asiste con apacible indiferencia, cuando no con serena alegría, al derrumbe de esa ilustre y alta burguesía limeña, -como resume a comienzos de 1961 (cfr. p. 251), y, dicho sea de paso, lugar biográfico que comparte con el entrañable y amistoso Bryce Echenique-, mientras que el pintor húngaro ha sometido a fuerte autocrítica los ideales de juventud que, sin embargo, su viejo amigo de adolescencia, Laszlo, parece haber conservado hasta su muerte.
Ahora bien, la impresión de fracaso que les atormenta no está motivado por tal circunstancia -aunque la misma es lo que les convierta en escritor y pintor-. ¿Por qué entonces? Ni más ni menos por el convencimiento de la extrema dificultad de encontrar una forma expresiva para transmitir lo que se sueña o ansía. Ribeyro reconocerá en 1954 que "para un sudamericano más fácil es hacer una revolución que escribir una novela" (p. 39), y, de hecho, su existencia se consuma en el intento de "escribir una novela" que le convenza a él mismo. Operación imposible, que le lleva a reconocer algunos años más tarde que "si continúo por el mismo camino creo que mi diario, de aquí a algunos años, será probablemente la más importante de mis obras. Esto no me alegra, ciertamente" (p. 210) y, en 1960, refiriéndose a Prosas apátridas, confesará que "probablemente es lo mejor que he dado de mí" (p. 611). Y, por su parte, Janos Lavin, a partir del recuerdo de las antiguas propuestas estéticas que aviva la lectura de un artículo de Laszlo en defensa de las mismas, es decir, del realismo socialista, intenta ofrecerse y ofrecernos una alternativa que va más allá del fuerte maniqueísmo que comporta tal orientación: "Camarada Lavin, me preguntarán, ¿es que ha aceptado las cómodas fantasías de la burguesía de la que se ha rodeado? No, no he aceptado nada de eso. Pero creo que hemos cometido un profundo error siempre que hemos utilizado el marxismo para establecer una división arbitraria entre el arte creado para nosotros (el arte progresista) y el arte que está contra nosotros (el arte decadente). Todo buen arte está destinado al Hombre, y, por consiguiente, a nosotros. La única división que debemos hacer es entre buen arte y mal arte" (p. 230). Es tal consideración la que determina el fracaso de Janos Lavin: pintor a la búsqueda de una expresión adecuada, pero que se enfrenta con el rigor que marca la estructura y funcionamiento del campo artístico.
Ahora bien, ¿por qué sentir, ser sometido a la situación perversa de concluir que, hagamos lo que hagamos, no se ha hecho lo que se debería haber hecho, lo que se pretendía? La tentación del fracaso es la sospecha de que mi cuerpo no acierta a expresar lo que querría decir al Otro. ¿Qué se desea decir o entregar al Otro? No, desde luego, un objeto de exquisita elaboración formal -aunque Ribeyro y Lavin estén obsesionados por problemas de naturaleza formal o estilística-. Después del rotundo fracaso al respecto de Flaubert, quien aspirara vanamente a la producción de un texto sin argumento, seductor por la singular y extraordinaria orfebrería de su realización, nadie lo ha intentado. Lo que se desea decir al Otro es la verdad actual del mundo. Y, en tal sentido, las obras de Ribeyro y de Berger son entregas ejemplares del expresar esta verdad actual del mundo.
¿De qué verdad actual hablamos? De la verdad actual del mundo para el artista. O, si se quiere, de la traducción artística del mundo. Es obvio que la actualidad del mundo no es semejante para todo artista. Pero La tentación del fracaso y Un pintor de hoy presentan una similitud en cuanto a lo que sea la verdad del mundo para un grupo importante de los múltiples que componen el campo artístico y literario. ¿En qué consiste la actualidad del mundo para Ribeyro y Lavin? Sugiero que se acepte que el problema de la actualidad del mundo para el artista de la segunda mitad del pasado siglo está definido por el asunto que abordaron con insistencia, entre otros muchos, Brecht y Sartre: aquel en los numerosos escritos publicados en los años 30 y 40 -recogidos en castellano con el título de El compromiso en literatura y arte- y Sartre en los artículos aparecidos en Les temps modernes entre febrero y julio de 1947. Como es sabido, ambos abogaron por un arte y literatura comprometidos con las tareas urgentes que la realidad aconseja considerar a la sociedad. Pero, ¿cómo puede contribuirse, desde el arte y la literatura, a los ideales de libertad y justicia que se nos presentan como ineludibles imperativos? Las alternativas ofrecidas son, como también es sabido, múltiples: circulan desde el panfletarismo hasta el realismo socialista, desde las invocaciones a la liberación de las zonas oscuras del alma humana que ofrecieron algunos surrealistas como su contribución crítica y revolucionaria hasta la ofensiva contra la retórica dominante que es comprendida como el efecto cultural de la burguesía.
Ribeyro quiere convertir su obra en una respuesta a este dilema. Cómo conjugar ética y estética: "así, escribir bien es un acto profundamente moral donde estética y ética se confunden", escribirá (p. 465). Y es que, como reconoce en septiembre de 1965, "la vida sólo se justifica cuando es un combate por el perfeccionamiento individual o por el mejoramiento de la condición humana" (p. 304). Y es, aunque expresado desde otra perspectiva, lo que mantiene encendida la luz colérica de Janos Lavin (cfr. 231-233). Esto es, se trata de adecuar un objetivo crítico y libertario y la producción artística y literaria. Lo que ponen de relieve La tentación del fracaso y Un pintor de hoy es el combate del artista para producir una obra que exprese el descontento ante el mundo, alentando a un tiempo el fervor para que tal desasosiego se haga presente. ¿Cómo? En virtud de la producción de un objeto nuevo que, aunando contenido y adecuada expresión formal, seduzca y anime.
Sin embargo, cunde el desaliento. Con regular frecuencia, sobre todo en los escritores y artistas que pretenden coordinar ética y estética -los más importantes de la posmodernidad-, el ánimo desemboca en la sospecha de que el arte y la literatura se convierten en meros apósitos de una tarea que tan sólo puede resolverse en la agitación social, esto es, en algo exterior a la propia producción estética. La ejemplaridad de Janos Lavin parece situarse, estrictamente, en las fauces de este volcán: cuando al fin su obra comienza a ser reconocida, el pintor desaparece. "El 16 de octubre (de 1956), una semana después de la inauguración de la exposición, Janos desapareció", certifica para nosotros John (p. 297). A los pocos días, una carta… Y el afable John se pregunta: "¿qué fue de él. No lo sabemos". Desaparecer, destino de quien ha previsto que el éxito tan arduamente buscado o querido, aunque tan sólo sea para esquivar las adversidades de la vida cotidiana, nada potencia, nada ilumina, excepto el ansia íntima de haber realizado algo que merece la pena. Janos Lavin viaja hacia al Este. De nuevo el aliento en las calles de Budapest comienza a oler a sangre y muerte. ¿Y Ribeyro? Pareciera que nada le afecta. No se leen impunemente las páginas escritas a partir del conocimiento de estar condenado a muerte: escribir y muerte, escribir desde la caricia próxima de la muerte, escribir desde la presencia de esa mirada del hijo que está con nosotros. Acaso, escribir para él, para dejar testimonio de una aventura que ni la muerte puede sofocar. Pero algunos años antes de que advirtiera la proximidad insultante de la muerte, Ribeyro hacía escrito el 26 de julio de 1961 lo siguiente: "Desaliento, mientras redacto el manifiesto sugerido por Vargas Llosa, <Estamos en un país ocupado: resistir>, sobre el papel que deben jugar en el Perú los intelectuales. Me doy cuenta de la inutilidad de la palabra. Los artículos de Sofocleto, ¿han mejorado la condición del indio? La declaración antiimperialista de Congrains, ¿ha reducido el poder de la reacción? Y en Francia, el manifiesto de los 121, ¿Ha terminado con la guerra de Argelia? En estos casos, nada vale la palabra. Más importante que mil intelectuales firmando un manifiesto es un obrero con un fusil. Triste papel el nuestro" (p. 236).
Pero Ribeyro y Janos Lavin siguieron -es una forma de hablar-. La obra de Ribeyro y de John Berger nos ilumina hoy. Acaso sea preciso abjurar de la concentración poderosa que exigía al arte y la literatura un excesivo poder de conjuración. ¿No sería suficiente que el arte y la literatura dejaran testimonio de la desolación que atraviesa el mundo? He aquí dos textos estremecedores. Berger se convirtió en el fugitivo de la ciudad de Occidente: su obra literaria es, hoy, una de las más vivas, cálidas y formalmente impecables con que nos podemos encontrar. ¿La obra de J. R. Ribeyro?: páginas de outsider, de un vagabundo que realiza, entre el humo de los cigarrillos y el aroma del Burdeos, la fotografía de un mundo con olor naftalina y éxito banal. Ambos, una obra de perfección insólita. Ambos, la insolencia del desencanto ante la fragilidad de la obra de arte. Monumentos que el tiempo no arrasará.



Berger, J.: Un pintor de hoy, Madrid, Alfaguara, 2002.
Ribeyro, J. R.: La tentación del fracaso, Barcelona, Seix Barral, 2003.


Libros

David Pérez Chico


Luis Beltrán Almeria y Jose Luís Rodrígez


Revista

Cristina Ballestín


Juan M. Aragüés






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