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El laberinto

Revista > 2008



El laberinto de la palabra

Sandra Santana
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"The word" as Kraus conceives of it is the most self-conscious and perhaps the ultimate of the god-substitutes, of those "strange gods", who inhabit modern literature.

J.P. STERN



Ha pasado algo más un siglo desde aquellas primeras noches en que Karl Kraus se sentaba en silencio frente a su escritorio para convertirse en juez supremo de la ciudad de Viena. Apenas queda el recuerdo de aquella capital bulliciosa y decadente del finis Austriae que nos legó los murales de Klimt, la música de Schönberg y el psicoanálisis de Freud. Sólo nos queda mirar con nostalgia hacia aquel lugar, culturalmente tan fértil, cuyo genio consistía, según cuenta Stefan Zweig en sus memorias, en armonizar todos los contrastes nacionales y lingüísticos y todas las culturas occidentales. Sin embargo, lejos de aquella ciudad y de aquel 1 de abril de 1899, en que saliera a la luz el primer número de Die Fackel, cualquiera que se acerque hoy a los textos de su creador no podrá dejar de sentirse amenazado por sus sentencias. No sobran los autores que hayan ejercido la denuncia incansable del ámbito de lo público, de su invasión por la hipocresía y la falsa moral, y tal vez nunca como hoy nos han hecho tanta falta.

En sus 922 cuadernillos de tapa roja, custodiados por las máscaras de la comedia y de la sátira, Kraus trató de hacer frente a la tormenta de letra impresa que invadía las calles de su cuidad. Revisaba los periódicos del día buscando alguna errata o alguna expresión lingüística cuyo uso inadecuado pudiese ayudarle a delatar un acto de maldad o estupidez humana; y el mismo celo con que vigilaba la tinta de los periodistas le llevaba a guardar una relación casi obsesiva con sus propios textos. Ésta podría parecer tal vez una modesta tarea: señalar erratas y descubrir matices. Pero si, como es el caso, se tiene la certeza de que el lenguaje es el molde que conforma nuestra visión del mundo (certeza que, por otra parte, recorre el legado filosófico de Wittgenstein dejando una visible estela hasta nuestros días) entonces su dedicación a la palabra cobra otro sentido. Desde las páginas de Die Fackel (La antorcha), la figura del satírico emerge de la oscuridad para traer el fuego a los hombres.

Durante toda su vida Karl Kraus se supo ineludiblemente inmerso en el lenguaje. Desde el interior de la lengua alemana se enfrentó a todos aquellos que quisieron profanarla. Durante años hubo una voz en Austria que clamó contra la degradación moral manifestada en las fachadas de tópicos que, al frente de las construcciones lingüísticas, pretendían ocultar el sentido vivo que recorría sus habitaciones. Cuando se fuerza a la palabra, que Kraus sabía madre del sentido y el pensamiento, a comportarse como una prostituta que distrae y entretiene a los hombres con el vuelo de sus vestidos, la vida sólo puede convertirse en un espectáculo grotesco. Kraus constituye la figura del observador privilegiado en una sociedad enferma de palabrería, de adornos, de apariencias; detenta el papel de hombre visionario que ve con impotencia la llegada inminente de la guerra y con ésta, el advenimiento del fin del mundo: la inminente destrucción de aquella Viena Imperial cuya fe en los avances técnicos y en los augurios publicitarios de un consumo creciente no hacía sino ignorar sus devastadoras consecuencias éticas. Es necesario poner de manifiesto como la elección de la palabra, que con tanta ligereza detentan periodistas y políticos, debería ser, sin embargo, la mayor responsabilidad que sobre un hombre pudiera recaer. La duda lingüística se convierte así en una garantía moral y mostrar su poder, en la tarea del escritor. Enseñar a ver barrancos donde sólo hay lugares comunes: esta sería la tarea pedagógica a cumplir en una nación crecida en el pecado. Karl Kraus, el escritor satírico, nos enseña a huir del tópico y a rehusar del intercambio mercantil del pensamiento. Pero mostrar los abismos de la lengua y abrir las palabras a nuevas dimensiones es también la tarea imposible que se exige a los quieran ser llamados poetas.

Dice Hans Weigel que Karl Kraus, quien con tanta frecuencia y fuerza había utilizado el término "yo" en sus opiniones y discusiones, únicamente en verso puede manifestar su Yo abiertamente. Puede decir todo, moldear y preservar no lo que su odio, su aversión o su razón motivan, sino lo que mueve a su corazón, lo que hasta entonces había quedado oculto en la palabra impresa, su amor a la naturaleza, al paisaje, a los animales. En un autor tan prolífico como Kraus, que a los cuarenta años comienza a escribir poesía, no parece errado aventurar la necesidad de un nuevo espacio cuya obra anterior no le proporcionaba. Y ciertamente, si bien hay en su poesía bastantes ejemplos que constituyen un correlato de su obra satírica, también es bajo el cobijo de lo poético donde Kraus se muestra más íntimo. Numerosos de sus poemas están dedicados, si bien en raras ocasiones abiertamente, a Sidonia Nadherny con quien mantuvo un complicado romance durante varios años. Pocos rastros de la experiencia amorosa podemos encontrar en la sátira periodística de Kraus que, sin embargo, conserva estos sentimientos para depositarlos, de forma casi imperceptible, en algunos de sus más hermosos poemas. El amor se nos presenta velado tras una serie de paisajes naturales donde el poeta encuentra un refugio que le salva de la crueldad de la guerra y de los numerosos atentados contra la moral que circulaban por las páginas de la prensa diaria. Pero el lenguaje poético presenta además las ventajas de aquello que se muestra por sí mismo. Al igual que en la cita, uno de los recursos más utilizado por Kraus para poner en evidencia a sus enemigos (habría que decir a los enemigos de la lengua), también en el poema, como decía Benjamín, "se llama a las palabras por su nombre". La poesía conoce el nombre propio de las palabras porque en ella éstas afloran plenas de sentido, en toda su riqueza y complejidad, sin que nada en lo impreso resulte superfluo. Aislar a las palabras de su contexto es el único modo de devolverlas al origen, al lugar donde se alberga la duda, a la plurivocidad de las expresiones. El lenguaje es, en los textos de Kraus, un laberinto en el que las palabras forman el entramado inagotable que nos remite siempre al centro, hacia la esencia creadora de la lengua.

Libros

David Pérez Chico


Luis Beltrán Almeria y Jose Luís Rodrígez


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Francisco José Martínez


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