Riff-Raff


-???-

Desde...

Revista > 2008

La posmodernidad y sus descontentos. Bauman, Zigmunt

Desde el infierno posmoderno

Pablo Lópiz Cantó
_____________________________


"¿A qué se llama postmodernidad?
No estoy al corriente".
Michel Foucault.


Se impone durante estas oscuras horas Zigmunt Bauman como recién nacido éxito editorial. Tras los análisis que del holocausto como efecto lógico de las derivas acontecidas en la modernidad hiciese, su nombre se ha hecho sonoro. Diversos títulos exigen la lectura protegidos bajo tal insignia, mientras los vemos poblar las estanterías que los libreros reservaron para la novedad. Arduo esfuerzo de traducción inútilmente desperdiciado, pues que no parece justificado. Al menos en lo que respecta al conjunto de artículos que en el libro que aquí se comenta ?La posmodernidad y sus descontentos? fueron recopilados. Supone una curva rara en la colección Cuestiones de antagonismo que dirige Carlos Prieto del Campo, y que una ejemplar trayectoria viene siguiendo. Para una línea en la que como cabezas visibles, entre otros, es a Toni Negri y Giovanni Arrighi a quien se puede encontrar, para el texto de Bauman no parece quedar lugar: demasiado aburrido, vulgar. Permite, con todo, al estar compuesto por una variedad fragmentada de capítulos centrados en temas diversos, atender a una amplia serie de entre las cuestiones que, cuando se trata del hablar posmoderno, se encuentran en juego.

Pero, antes de atacar los problemas que el libro tiene dentro, es necesario remitir a un recuerdo demasiadas veces obviado. Porque no es ya posible frente al término posmodernidad responder como lo hiciese Michel Foucault en cierto y lejano momento. No es eludible aquello que se ha posado sobre el pensamiento durante dos décadas con un peso tal. Al margen de antiguas disputas en torno a la genealogía del concepto, y que han demostrado bien su carácter confuso y, por tanto, teóricamente perverso; aquí se habrá de aplicar para designar ese lugar en el cual parece que definitivamente se ha impuesto: para decir una cierta época, un tiempo ?ese que, tras el once de septiembre, ha sido aniquilado.

Así pues, se considerará la posmodernidad como una época ?periclitada?. Y, sin embargo, se la diferenciará de sus textos. Porque no todos los que en ella se escribiesen han de considerarse posmodernos. Tan sólo los que legitimaran el estado de cosas en que les tocó habitar, los que a sí mismos se quisieron hijos de su tiempo, que no trataron de escapar. Pero hubo otros: resistentes al sentido impuesto palabras en fuga. No es el caso del que aquí se trata, por supuesto. Bauman se inserta entre aquellos autores cuya textualidad produce efectos para el poder de provecho. Se lo considerará, por tanto, ?y habrá que explicar la razón, cuál el funcionamiento de sus conceptos? como un decir posmoderno.

La verdad del simulacro

(Es dato autobiográfico y, como tal, nada importa. Es retórica, mentira en exceso literaria, calcada de Rimbaud. Pero permanece en las venas ahora que todo fue devuelto a su antigua inarmonía: recuerdo que hubo un paraíso. Lo encontré, tras haber atravesado la grosera noche urbana, en un líquido amanecer de verano; en Edimburgo, sentado en la hierba verde mate de una colina sobre la cual reposa a medio construir una copia de monumento griego; en el veneno que incendia el pecho con llama helada; en la compañía de un cuerpo, desconocido y, sin embargo, astucias de la química, eternamente añorado. Lo hallé en el romanticismo de la embriaguez y de Hegel, de sus escritos de juventud. En el saber que tampoco los amantes pueden abstenerse de reflexionar sobre lo que, estando entre ellos, les contraría: la posesión y la propiedad, aquello que les rodea y constituye, objetos separados. Y en el gozo infinito de mostrar la herida, de romper la reglas explicitando el juego. Placer extraño ese de aquél que dice renegar del poder y sabe, e igual lo dice, que tan sólo es un decir, que renegar es ya situarse en la lucha, en el combate por el dominio de esa cosa que, siempre distante, es el otro. Sí, supe dar mi vida entera aquella mañana. Aposté por lo imposible. Habité un paraíso: aquél en que se reunieron, por un breve lapso, amor, veneno y filosofía. Ninguna verdad de aquello habría de restar. Tan sólo su huella, que no remite a nada: bilis negra, pegajosa melancolía. No hay otros paraísos que los paraísos simulados).

El decir posmoderno se caracteriza, más que por la descreencia en los grandes relatos, por imaginarse en la realización de uno de ellos: el hegeliano. Más allá de la hipótesis del fin de la historia, encontramos en el centro de los discursos la noción de esa síntesis realizada, prácticamente inútil para la comprensión, que es el simulacro. Aún con todo, funciona y es necesario tratarla cuando se ha de hablar de posmodernidad. Porque ella, desde que así la leyera Jean Baudrillard, se considera a sí misma como la era del simular -allí donde las fronteras entre verdadero y falso se diluyen hasta la desaparición, donde por superación se dice aniquilado lo real. El simulacro -se sabe- no es tanto ficción cuanto la copia sin original, copia que no remite a origen alguno como su pasado o fundamento, que sólo remite a otra copia, hiperrealidad flotante e insustancial. Lo posmoderno aparece, así, sin peso pero denso, superficial pero compacto. Y, en cierto modo, realmente es eso: efecto de superficie que no se deja traspasar ?sin embargo, mientras tanto, por debajo, todo sigue idéntico, continúa imparable con la producción de simulacros la férrea lógica de acumulación del capital.

Bauman, que es muy capaz, y así lo hace, de describir el mundo del simulacro, y que incluso constata la potencia subversiva que en semejante régimen cobra la experimentación artística; sin embargo es impotente cuando se trata de escapar a la lógica inserta en la teoría del simulacro, y que supone la imposibilidad de comprender las razones por las cuales las prácticas insurrectas producen efectos de verdad ?porque, si el arte no hace sino intervenir y proliferar en el interior del simulacro, no se entiende cómo éste puede ponerse serio en oposición a un mundo plagado de ironía, ni cómo logra tener secuelas sobre la ya esfumada realidad.

No parece Bauman recordar a Rimbaud: su "je me crois en enfer, donc j'y suis".

Porque el axioma rimbaudiano ?"me creo en el infierno, luego estoy en él"? bloquea la teoría del simulacro llevándolo a su límite extremo. Elemento vaporoso, la inconsistencia del simulacro acaba por atacar el corazón mismo de su ser, su despliegue lo introduce en un circulo vicioso que, en su giro, se suprime. Porque cuando todo es simulacro ya nada lo es. Completado el proceso de disolución teórica de las fronteras entre lo verdadero y lo falso todo vuelve al principio, al que fija la proposición spinoziana según la cual nada de lo que tiene de positivo lo falso es suprimido por la presencia de lo verdadero, en cuanto verdadero. El simulacro gana peso y desaparece en el realizarse de su propia negatividad, restando lo que tiene de positivo, verdadero. Y pasa, con ello, el arte que antes fuese imaginario a la nueva condición de ser un movimiento de la realidad. Al fin, nunca se es menos postmoderno como cuando se accede a serlo hasta el final. Hay que ser absolutamente posmoderno. Como escribiese Borges, "no podemos creer en el cielo, pero sí en el infierno".

En el centro

Ofrece Virgilio en la Eneida una imagen que desde el vestíbulo del infierno ?del reino de sombras que, como las homéricas, familiares, por tres veces se desvanecen ante el abrazo? domina el paisaje:

"En el centro un sombrío olmo gigante tiende sus ramas,
sus añosos brazos. Anidan por todo él los sueños vanos, según dicen,
colgados de todo su follaje".

El infierno es ?se sabe? ese lugar del que ha sido borrado todo resto de humana esperanza, donde cuelgan los sueños vanos, ahorcados. Así también la posmodernidad. Porque, si algo llevó a la crisis de los grandes relatos de emancipación, no fue sólo, aunque también, la descreencia en la posibilidad de explicar la totalidad, sino la destrucción que de la imagen de un futuro mejor acometieran los enemigos de la modernidad a través de sus prácticas. Como explicase Blanchot, si algo enseñó el sesenta y ocho fue que se podía funcionar sin proyecto. El punk no hizo sino retomar con el rigor y la rabia que le fueron característicos semejante movimiento.

Y, por esto mismo, no deja de resultar extraño que Bauman siga creyendo que sobrevive en la posmodernidad la esperanza. Más si cabe cuando todo su sistema teórico se sostiene en la lectura ?un lectura, por cierto, discutible además de banal (aunque, hay que decirlo, mucho peor parado sale Foucault)? de la obra de Freud, de El malestar de la cultura. Porque fue el fundador del psicoanálisis, con su exposición de la pulsión de muerte como dominando el inconsciente, quien de forma más potente logró agujerear el principio de esperanza como modo a través del cual hacer inteligible el presente y la fe en el progreso como imagen del proceso histórico porvenir.

Pero no sólo extraño, sino despreciable también, por cuanto que su creencia en la esperanza no sólo supone un anacronismo, sino que, además, impone un giro reaccionario en el interior mismo del texto. Construida su fenomenología del actual estado de cosas en torno a pares enfrentados y que se muestran sin otra solución que el justo medio, acaba remitiendo la solución a una cierta instancia tercera de cálculo y conocimiento. Porque, según Bauman, no hay libertad sin riesgo ni seguridad sin sumisión al ordenamiento. Y, entre los dos extremos, insta a la creación de una comunidad que, en posesión del bien saberlo, tome la decisión adecuada y se ajuste al equilibrio, que escoja un poco de sumisión y algo de riesgo, todo en su justa medida, en el punto medio.

Y no dejaría de invocar a la carcajada un planteamiento que como el de Bauman pretende hacer creer que libertad y seguridad son algo distinto sino fuese por la monotonía con que se ha repetido hasta la fecha dicho argumento: todos libres de elegir entre el sometimiento a salario o la muerte por inanición, o la cárcel, o la exclusión. Y más cuando ?y esto el autor de La posmodernidad y sus descontentos muestra saberlo? el capital actualmente produce en su interior, en el centro, como un sombrío olmo gigante, una masa cada vez mayor de vidas despojadas de todo, incluso de la posibilidad de intercambiar su fuerza trabajo por pan, gentes que están de más, que son conducidas al exterminio.

Sobre un olvido

Parece todo este equívoco en Bauman, su giro reactivo, venir sobredeterminado por una cuestión que excede su libro y afecta, porque es en lo que se funda, todo el decir posmoderno: un olvido, el de la existencia de un diagrama de fuerzas gobernado con despotismo.

El discurso posmoderno, es decir, aquel cuyo funcionamiento legitima el poder constituido en la posmodernidad, elude la consideración de las causas del mal e invierte la lógica de los acontecimientos. Porque achaca la inseguridad constante, el riesgo a la muerte y el sufrimiento al cual el hombre se haya expuesto, a aquello que en nuestra época actual se puede considerar positivo: la multiplicidad, las singularidades, las diferencias. Fruto de largos viajes y arduas luchas explotaron en miríada las resistencias. Hicieron estallar las identidades que organizaban el combate de forma dialéctica, llegando a destruir la posibilidad misma del concepto de totalidad. Y, en ese sentido, fue un devenir minoritario de los agentes subversivos inscritos en lo social el que impuso la descreencia en la capacidad de explicación de los grandes relatos omnicomprensivos. Esto al menos los posmodernos hubieron de aceptarlo. Pero invirtieron su sentido, lo pensaron en negativo, queriendo hacer creer que son ellas, las diferencias, causa de la desregulación y el riesgo a que se las somete. Pretenden publicitar que es la víctima el verdugo.

Existe hoy un poder despótico que funciona mediante el control y, en caso de necesidad, el bloqueo de los procesos de agregación de las diferencias. Un poder que se ejerce a través de microfascismos. Y no son, como pretende Bauman, comportamientos tribales insertos en el ser de las diferencias, sino procesos microfísicos de segmentación impuestos por un poder despótico con claros objetivos: el mantenimiento del sistema productivo como productor de plusvalor, la reproducción ampliada de la relación-capital en tanto que relación de dominio. Es la explotación, una explotación flexible y difusa, lo que viene a conferir a la desregulación su soporte y su sentido.

Free lunch

Afirma Bauman en la introducción ?y en ello se fundará el resto del libro? el tópico anglosajón según el cual no existe en absoluto la posibilidad de un almuerzo gratuito.

Pruebe a reunir a noventa y nueve amigos, entren en el restaurante de una gran superficie, escojan del menú lo que consideren necesario, coman, salgan sin pagar y afirmando que su acto es una reapropiación de carácter político. O que es arte. O, más simplemente, que quien roba a un ladrón...

Ya lo tiene. Lo ha conseguido. Ergo es posible un almuerzo gratuito.



La Posmodernidad Y Sus Descontentos
Zygmunt Bauman (Akal)
ISBN: 8446012855. ISBN-13: 9788446012856


Libros

David Pérez Chico


Luis Beltrán Almeria y Jose Luís Rodrígez


Revista

Cristina Ballestín


Juan M. Aragüés






-???- | -???-