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Del feminismo...

Revista > 2008

La posmodernidad y sus descontentos. Bauman, Zigmunt

Del feminismo en su pluralidad contemporánea

Elvira Burgos
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Precisamente porque el feminismo en nuestros días ofrece una gran amplitud de puntos de vista, de perspectivísticos enfoques efectuados desde diversidad de ámbitos teóricos y cuyos objetos de estudio son asimismo múltiples, es por ello por lo que un libro como el presente merece reconocimiento y atención. Probablemente sea ya algo sabido, al menos sospechado, esto que decimos: la pluralidad de teorías feministas contemporáneas, difícilmente reconciliables en ocasiones, junto con la correspondiente pluralidad de temas sometidos al análisis crítico. Sin embargo, esto que consideramos claro signo de la riqueza teórica del feminismo no ha sido hasta ahora cuando se ha sintetizado en una obra escrita en lengua castellana. Es digno de ser subrayado, entonces, que estudios como el de Guerra Palmero, con pretensión de sistematizar y sintetizar la abundante, compleja, investigación feminista contemporánea de la segunda mitad del siglo XX, no se habían producido con anterioridad en nuestro país. De ello nos da cuenta la autora desde las primeras páginas de su escrito, así como del hecho de que en su estudio también se recoge un paisaje aproximado, no exhaustivo, desde luego, mas sí de utilidad, de las líneas de investigación que el feminismo español está llevando a cabo.
En relación con esto último, la investigación feminista española, se nos informa del camino abierto por el trabajo constante de Celia Amorós en principio desde el ámbito, por ella inaugurado, del Seminario de Investigaciones Feministas. La Crítica de la razón patriarcal de Amorós es obligada obra de referencia para ulteriores estudios de crítica feminista a los textos filosóficos de la tradición. Una segunda orientación del feminismo español es la que se cobija bajo la dirección de Fina Birulés. Aquello que se estima, que se cuida, a lo que se quiere dar valor y otorgar visibilidad es, en el trabajo de Birulés y de su equipo investigador, a los textos, a los pensamientos, a las vidas, de las filósofas en efecto existentes en el devenir occidental. En último lugar, una tercera vía que ocupa a la investigación española tiene como propósito realizar la historia de la teoría feminista. Junto a lo dicho, María José Guerra explícitamente afirma su propósito de contribuir a los estudios españoles con una investigación atenta a los aspectos éticos y políticos de la teoría y de la praxis feminista, y cuyas características específicas pueden ser así resumidas: la crítica de la tradición donde la historia de la teoría ética es sometida a una revisión en la que se explicita el subtexto de género del que depende; el cuestionamiento epistemológico que problematiza la construcción de las teorías morales; la defensa de las producciones teóricas de orientación pragmática que son las que se hallan atentas a la realidad social (es este el caso de las propuestas de autoras como I. M. Young y Nancy Fraser); la insistencia en la necesidad de la presencia de la teoría ética y política en las discusiones éticas y políticas contemporáneas; el intento de responder a la pregunta que A. Baier lanza en Moral Prejudices, "¿qué quieren las mujeres de la teoría moral?"; la puesta en claro de la ética feminista como ética aplicada y de sus relaciones con la bioética, ética social y ética ecológica (pp. 23-24). El trabajo de Guerra Palmero, así definido, se sitúa en el debate ético contemporáneo. Éste, más que la revisión de la historia de la ética, es el suelo que alimenta su investigación. Un esfuerzo, el suyo, meritorio y necesario en nuestros días.
Cuatro han sido, entonces, las líneas de investigación que en este libro Teoría feminista contemporánea, se han apuntado como caminos presentes en el ámbito español. Son útiles aproximaciones sintéticas como éstas, pero son al mismo tiempo incompletas, necesariamente. En España es claro que los estudios feministas se están expandiendo en múltiples direcciones y desde múltiples áreas de conocimiento, científicas, técnicas, sociales, jurídicas, humanísticas. Se trata de un fenómeno admirable, de vital robustez. Dentro del feminismo hecho desde la filosofía, incluso, la diversidad de la investigación y de temas de estudio crece de tal modo que dificulta seriamente el trabajo de su sistematización. En este sentido se ha expresado recientemente Celia Amorós en el escrito "Pensar filosóficamente desde el feminismo" que ha preparado para el número de la revista Debats (primavera 2002) titulado Del post al ciberfeminismo: "Yo, por edad, fui en este país una de aquellas a las que les tocó roturar lo que ahora es el feminismo como crítica filosófica. Pero afortunadamente, me llego a ver incluso desbordada por lo que actualmente se hace en el panorama del feminismo filosófico español; se cumple aquello de "que haya mil rosas", que decía Mao. Pues bien, las hay, hay mil rosas. Hay muchos grupos que cultivan en diferentes direcciones y orientaciones la crítica feminista". No obstante, quizá sean las líneas subrayadas por María José Guerra, al menos las tres primeras, las que desde el feminismo filosófico hayan tenido en España un origen más antiguo.
Una cuestión que, a juicio de Guerra Palmero, se observa como presente, constante, en los estudios de mujeres, más allá de su diversidad, más allá de su adscripción lingüística y cultural, es su propósito de hacer explícito y a la vez corregir el profundo androcentismo del conocimiento en toda su multiplicidad de áreas. Para ello ha sido sumamente importante la reflexión epistemológica realizada desde la óptica feminista por autoras tan reconocidas como Evelyn Fox Keller, Sandra Harding o Donna Haraway. Ellas ponen en evidencia que la objetividad de la ciencia es antes bien una subjetividad enmascarada. La objetividad ha de ser pensada a la luz de la confluencia de diferentes perspectivas vertidas sobre el mismo objeto de conocimiento. Y esto es válido para la teoría moral donde no sólo se presuponen los valores sino donde se ha de analizar valores. La interdisciplinariedad o multidisciplinariedad es un requisito imprescindible para llevar a cabo el análisis de los problemas que afectan a las mujeres.
Los siguientes aspectos son, en resumen, los dadores de cierta unidad a la teoría feminista: la crítica al androcentrismo; la revisión epistemológica; la atención a los problemas del presente; la necesidad de ir más allá de las divisiones del conocimiento en áreas para abrir el pensamiento a los enfoques multidisciplinares (pp. 27-28). Al mismo tiempo, la autora subraya la necesidad de realizar un planteamiento ético feminista de alcance global en línea con la propuesta de A. M. Jaggar de la "globalización de la ética feminista" (p. 28), algo que trabaja en favor de la consecución de una comunidad global de diálogo feminista.
El conjunto de todas las tesis apuntadas hasta aquí se formula como justificación de la pertinencia de la línea de investigación que el trabajo de Guerra Palmero quiere introducir en el panorama feminista español; una línea de investigación que entiende que es su reto: "construir un universalismo interactivo en el que se pueda tratar de las asimetrías que planean sobre las situaciones pragmáticas reales para desactivarlas aproximándonos al ideal regulativo del diálogo equipotente" (p. 30). Y en este trabajo, no sólo los desequilibrios de género será aquello contra lo que hay que luchar sino la dinámica misma que rige los sistemas de exclusión, racista, etnocentrista, heterosexista.
"Analítica de la opresión patriarcal" es el nombre acuñado para el primer capítulo de Teoría feminista contemporánea. Se trata en él de presentar una reconstrucción "del proceso histórico ideológico de devaluación del género femenino" (p. 33). La autora aborda esta cuestión haciendo una lectura moral del patriarcado desde la perspectiva crítica feminista. De este modo se atiende tanto a la cuestión normativa como a la axiológica; perspectivas ambas que delinean, conforman, la marginación sufrida por las mujeres en las culturas patriarcales. El punto de partida del análisis es el hecho de la opresión de las mujeres. Hecho que se aborda con el instrumental conceptual ilustrado, esto es, con los conceptos de igualdad, libertad, autonomía, dignidad, justicia, solidaridad (p. 33). Al mismo tiempo se ofrece un panorama histórico de los estudios de mujeres en el que se recurre a los análisis de la biología evolutiva, la antropología, la prehistoria, el estudio de los mitos, la teología cristiana; análisis ellos que ayudan a esclarecer el tema de los orígenes -y de su constante mantenimiento además- del patriarcado desde una perspectiva no androcéntrica. Es importante esta labor feminista que nos muestra la necesidad de ver la historia con otros ojos, desde otro punto de vista al tradicional masculino. Aquello que comúnmente nombramos como épocas de progreso, la Atenas clásica, el Renacimiento, la Revolución Francesa, son épocas en las que la situación social y vital de las mujeres experimentó un retroceso, épocas en las que las mujeres fueron más fuertemente relegadas y excluidas del ámbito de lo social, jurídico y político. La teoría feminista pone el acento en la necesidad de llevar a cabo una reevaluación de la historia. Hay que hacer la historia de nuevo.
La modernidad, en sus articulaciones con el patriarcado, supone el suelo de aquel feminismo que en la Ilustración halla su raíz. Así las cosas, el llamado feminismo de la diferencia es leído como discurso premoderno, en relación con el enfrentamiento habido en la Querelle des femmes entre los defensores de la excelencia de las mujeres y los defensores del punto de vista misógino. En la modernidad, previo al contrato social se impone el Contrato sexual, como así lo formula la conocida teórica Carole Pateman en su libro del mismo título. Anna Jónnasdóttir, por su parte, acentúa que la modernidad en lugar de legitimar la exclusión de las mujeres y el dominio de los varones a partir de argumentos religiosos, como ocurriera con anterioridad, utiliza razones utilitarias para la sujeción de las mujeres; lo hacen tanto Hobbes como Hume, quienes no recurren a argumentos basados en la naturaleza. De la obra El poder del amor. ¿Le importa el sexo a la democracia? de Jónnasdóttir nos da cumplida noticia María José Guerra.
El espacio privado, espacio doméstico, persistente noción que debemos a la modernidad, es desvelado por la teoría feminista como espacio de confinamiento para las mujeres, de un confinamiento de alcance disciplinario en el sentido foucaultiano. La mujer no dispone ni de espacio ni de tiempo propio en la casa que es su único lugar, mas lugar de reclusión y subordinación. En definitiva, y para decirlo con brevedad pero plásticamente, las mujeres no son socializadas sino domesticadas. Como la opresión no tiene un fundamento ni natural ni razonable, acontece que los mecanismos de constitución y mantenimiento de la opresión se multiplican a cada instante ya que la sujeción de las mujeres ha de ser reinstaurada continuamente. Sobre ello insiste Le Doeuff en El estudio y la rueca. El diseño de una nueva feminidad, de una feminidad que armoniza con el sistema burgués que se está imponiendo, es una de las contundentes estrategias de la modernidad para el logro de las metas patriarcales. Guerra Palmero analiza, en este ámbito, cuatro momentos sobresalientes: el puritano (contra el trasiego mundano aristocrático se alza el ideal burgués del hogar; se habla de la mujer asexual y de su superiodidad moral); el ilustrado (cuando el utilitarismo se eleva por encima del puritanismo moral las mujeres reclaman la igualdad. Pero el estadio postrevolucionario sitúa rígidamente a las mujeres en lo privado. Es el momento de la Sofía de Rousseau, de la inferioridad moral de las mujeres de la que nos habla Kant); el romántico (con su exagerada misoginia que refuerza el sometimiento a través de la imagen idealizada de la mujer); y el victoriano (que endurece los estereotipos asignados a las mujeres, que fortalece el código de la doble moral. Él da el modelo de la familia burguesa y permite que se efectúe lo que Foucault denomina histerización del cuerpo de la mujer. La ciencia médica habla de la mujer como ser reproductor inconmensurable con el varón: luego la anatomía es el destino). Éstos son los momentos, según el estudio de María José Guerra, que conforman la imagen de feminidad en función de la cual las mujeres son socializadas.
Título del segundo capítulo de Teoría feminista contemporánea es "Desarrollos de la teoría feminista: una lectura desde la ética". La urgencia de los problemas del presente llevan a la autora a centrarse principalmente en las producciones teóricas del feminismo de última generación, a las que analiza desde su dimensión ética, en particular. Fue a finales de los años setenta del siglo XX cuando se da nacimiento a lo que conocemos como ética feminista. Sin duda este concepto ha tenido y mantiene en la actualidad una amplia repercusión en el mundo anglosajón en especial. In a Different Voice (1982) de Carol Gilligan, cuestiona el modelo de desarrollo moral de Kohlberg. Lo que subraya de ello Guerra Palmero es que la obra de Gilligan situó como punto de atención las cuestiones de la ética del cuidado y de la responsabilidad. Cuestiones que ponen el acento en la vulnerabilidad de las personas y en la tarea correspondiente de atenuar lo más posible el daño que pudiera ocasionarse en la resolución de los problemas morales. En Europa, Luce Irigaray postula una ética de la diferencia sexual en la que se ontologiza y naturaliza lo femenino, lo femenino que se define por la sexualidad y por el modelo materno. Es un pensar a partir del cuerpo femenino, de su experiencia, de las relaciones entre mujeres. Un pensar la diferencia sexual que asume la pretensión de llegar a crear un simbólico alternativo, el femenino. Amelia Valcárcel, en España, con su El derecho al mal apuesta por un feminismo igualitario que se proclama en contra de la defensa de la superioridad moral y excelencia de las mujeres que es precisamente lo que ha contribuido a mantenerlas al margen de lo público. Más allá de este debate entre diferencia e igualdad, el postestructuralismo ha abierto nuevo camino otorgando cuerpo, densidad teórica, a la política queer. Así es el caso de la deslumbrante producción intelectual de Judith Butler. Se revisa, entonces, el propio concepto de teoría por medio del cuestionamiento de las teorías feministas totalizadoras o de pretensiones totalizadoras. Se problematiza además la misma categoría de mujeres en favor de las intersecciones entre el género, la clase, la raza, la cultura, la orientación sexual. De aquí que, junto a la reclamación de igualdad y de justicia se alza la defensa del respeto a las diferencias. La teoría feminista ve así ampliada su flexibilidad pero sin renunciar a su ideal emancipador.
Sin embargo, para Guerra Palmero, lo que se ha venido en llamar "maridajes teóricos" (p. 76) no sólo presenta un rostro positivo para la teoría feminista actual. El maridaje tiene la ventaja de que permite ampliar la dimensión o alcance de los problemas del feminismo aportando fecundidad y nuevas perspectivas, pero tiene el inconveniente, afirma la autora, de que puede parecer una modificación o una aplicación de las teorías pensadas por los grandes filósofos. Se puede crear con ello una cierta relación de dependencia. Es inadecuado, no obstante, entender la relación del feminismo con la teoría filosófica como una mera relación mimética porque el discurso feminista reconfigura la teoría filosófica de un modo que la hace casi irreconocible. El problema mayor del maridaje es que pueda oscurecer la especificidad feminista e incluso llegar hasta el punto de que las grandes teorías filosóficas olviden, no reconozcan, las aportaciones feministas, sus problemas e intereses. Por ello, Guerra siguiendo a Amorós cree imprescindible para otorgar reconocimiento filosófico y académico al feminismo insistir en la realización de una "memoria filosófica feminista" (p. 80), en presentar la historia de la teoría feminista. Le Douff lo expresa diciendo que hay que enfatizar "la voluntad de independencia intelectual del feminismo" (p. 81). Lo que no significa que haya que renunciar a las herencias teóricas en su reapropiación, en una reapropiación que analice con cuidado los sesgos sexistas de las teorías para rechazarlos y desmantelarlos. Tampoco se trata, como así hace el feminismo de la diferencia italiano y francés, de renunciar por completo a la tradición filosófica masculina porque ello supone desconocer que el pensar trabaja con y sobre otros pensamientos ya conformados. Con su argumento, Guerra Palmero insiste en una perspectiva de gran interés que consideramos que merece ser repetidamente subrayada: la de la relectura de los materiales ya dados, presentes en la cultura, donde habita el pensamiento en su actividad creativa.
Muchos son los cruces teóricos que asume el trabajo del feminismo. Guerra elige, de acuerdo con su interés feminista, dos de ellos que tienen que ver con los modelos de identidad moral que se formulan y que funcionan. Primero, "Un feminismo materialista histórico de cuño sexual" (p. 84), donde se trata de las relaciones entre la tradición marxista y la feminista. Autoras como Clara Zetkin y Alexandra Kollontay pusieron en cuestión la tesis de que el socialismo derrocaría la opresión de las mujeres de un modo automático. Kollontay subrayó la necesidad de efectuar una revolución en el ámbito de la vida cotidiana más allá de la eliminación de la propiedad privada y de la incorporación laboral de las mujeres. La lucha feminista ha de ser específica. Pronto surgen las llamadas teorías del sistema dual, según denominación de Iris Young. Éstas afirman, como hizo Heidi Hartmann, que el marxismo es ciego al sexo y que por su parte el feminismo no efectúa un análisis materialista de las relaciones sexuales y reproductivas. Young considera que estas teorías del sistema dual han de ser criticadas porque no se aventuran a realizar un "feminismo materialista histórico" que vuelva a pensar las relaciones sociales desde la óptica de la diferencia de género (p. 85). Los análisis de Gay Rubin serán importantísimos porque se mueven dentro de la óptica de un feminismo materialista histórico que considera al género como categoría analítica originaria. Jónnasdóttir se sitúa en la línea marxista y en particular trabaja con la categoría de explotación y plusvalía. Ella apunta hacia lo privado y hacia las relaciones entre mujeres y hombres como el centro de la problemática. Se trata de "politizar la sexualidad" (p. 86) ya que la dominación masculina reside, de modo nuclear, en la relación sexual, en el "similar intercambio desigual de cuidados y placer que tiene lugar entre hombres y mujeres" (p. 86). Jónnasdóttir reformula el término marxista de explotación más allá del ámbito conceptual del concepto de plusvalía. Los hombres explotan a las mujeres en sus relaciones existenciales, no sólo en las económicas. Las relaciones existenciales son el lugar donde se confugura la identidad individual. Las mujeres, porque amamos, nos sometemos a la explotación, además porque de esa forma ha sido configurada su subjetividad. Las tesis de Jónnasdóttir, aún poco conocidas, son de gran interés para la teoría feminista contemporánea. María José Guerra les presta minuciosa atención siendo éste otro de los elementos positivos que presenta su trabajo, esto es, que nos da a conocer análisis feministas relevantes poco difundidos todavía en el ámbito hispano.
Los vínculos entre feminismo y psicoanálisis constituyen el segundo maridaje al que nos aproxima Guerra Palmero. Importantes feministas cuestionaron la interpretación que Freud hace de las mujeres, así Beauvoir, Friedan, Millet. J. Mitchell, en Psicoanálisis y feminismo, cambió el juicio asignando valor a la analítica freudiana para el feminismo. Más tarde, Benjamin, volviendo a Freud, desestima sus afirmaciones sobre la feminidad pero a la vez considera al psicoanálisis útil para comprender la cuestión de la dominación (p. 91). La forma en que se entiende lo privado es lo que permite el mantenimiento del patriarcado. Para las mujeres es difícil el logro de la autonomía porque invierten mucho tiempo y muchas energías en los demás. No se les permite el reconocimiento y por ello no logran ser miembros de pleno derecho en la comunidad. Según Benjamin, el reconocimiento es, entonces, la clave de acceso a la identidad. En relación con este problema central, el de la identidad moral, Guerra Palmero nos aporta asimismo las reflexiones que desde el marxismo lleva a cabo Hartsock y que Jane Flax efectúa desde el psicoanálisis. Central es para Flax el proceso de ocultamiento de la época de la infancia con toda su necesidad de afectos. Ello determina la configuración de la identidad masculina sobre la renuncia a la madre y a lo femenino que se concibe como lo incivilizado, no moral, no racional. Por eso las mujeres quedan relegadas a lo privado y se devalúa su actividad. Para Flax esta represión de la infancia trae consigo la distorsión del desarrollo psicológico individual y la distorsión de las teorías sobre la naturaleza humana. Hartsock, por otra parte, muy conocida por su formulación de la teoría del standpoint, considera que a lo que hay que atender no es como dijera Marx al trabajo sino a la labor, al hacer de las mujeres. En el trabajo que realizan las mujeres la vinculación con el otro es lo fundamental. Así Hartsock apunta hacia la tesis de Gilligan del yo relacional que se encarna en las mujeres. Para el niño el mundo es un mundo de individuos, para la niña lo es de relaciones, de trabajo intersubjetivo. El niño aprende que sólo puede afirmar su conciencia hegelianamente, luchando a vida o muerte, y su primer contrincante en esta lucha será su propia madre. Resultado: las mujeres y los hombres no se entienden.
Las tradiciones que más influyen en el feminismo son el materialismo histórico y el psicoanálisis. Ésta es la decidida afirmación de Guerra Palmero, afirmación que si bien puede ser discutida no ha dejado de conducir a la autora de Teoría feminista contemporánea a la elaboración de un estudio serio y conveniente, muy apropiado para lo que es su finalidad, ofrecer una aproximación a la teoría feminista desde la ética. De modo que, el materialismo y el psicoanálisis son elaboraciones fecundas para el feminismo, una por ahondar en la dimensión socioeconómica y otra en la individualizada y vivida de la dominación patriarcal. La última deriva de estas teorías es hacia la intelección de los mecanismos intersubjetivos, en especial hacia la falta de reconocimiento de las mujeres. Sobre esto han tratado tanto Jónnasdóttir como Benjamin.
Desde una perspectiva interna a la producción feminista, el más importante de los debates dentro de este marco de la teoría ética, es el que acontece entre una ética femenina y una ética feminista. Ésta es la polémica, dicho de otro modo, entre diferencia e igualdad. "De hecho, y ésta es la hipótesis que lanzamos a modo de "ensayo" -afirma María José Guerra-, el debate entre feminismos de la igualdad y feminismos de la diferencia apunta a qué "fallo moral" se privilegia en el análisis de la situación de las mujeres" (pp. 102-103). Las de la igualdad enfatizan la exclusión y desigualdad que genera el tomar lo masculino por el todo humano. Las de la diferencia insisten en los aspectos simbólicos y culturales y en el desprecio del simbólico masculino hacia las mujeres. Es interesante, no obstante, observar cómo en la más reciente actualidad las fronteras entre ambos modos del feminismo no están tan cerradas ni son tan compactas. El feminismo igualitario ha dado cabida a los problemas relativos a la identidad y a la diferencia; el feminismo de la diferencia admite hablar de derechos. La línea propia de María José Guerra dentro de esta disputa consiste en atender tanto a las cuestiones de justicia e igualdad cuanto a las de reconocimiento, retomando particularmente los análisis de Fraser y Honneth. Dos son los maltratos que sufren las mujeres por parte de la teoría moral que es androcéntrica. Uno es el maltrato normativo, en donde se rebaja la humanidad de las mujeres porque lo que rige para todos, los varones, no rige en igual medida para las mujeres (p. 115); el otro es el maltrato axiológico que consiste en denegar todo valor positivo a lo femenino (p. 116). Ambos elementos conducen a las mujeres a la pérdida de autoconfianza. Se puede reconducir de otro modo la discusión entre igualdad y diferencia hacia el ámbito que enfrenta la tesis constructivista con la tesis esencialista. Aquélla defiende al género como constructo social sin clara relación de dependencia con respecto a la identidad sexual. El esencialismo de la diferencia remite al cuerpo, a lo biológico, o también a una metafísica de lo eterno femenino. Para la primera, en un sentido nominalista, sólo hay individuos; para la otra, lo que hay es sexo. Guerra pone el acento en los puntos débiles observables. El feminismo nominalista presenta el problema de no pensar el cuerpo y el de la diferencia sexual el de pretender la resignificación total del mundo (p. 130).
Importante es no olvidar, como decíamos, que en nuestro más inmediato presente asistimos a una pluralización de la teoría feminista. Poner esto en evidencia, hemos comentado que es un claro valor del libro de Guerra Palmero. La pluralizacicón teórica va a enfatizar el carácter de ética social del feminismo. María José Guerra nos propone una ética en este sentido, una ética que atiende al sexismo, al racismo, al etnocentrismo, a la homofobia. En conexión con esta última cuestión se nos introduce en uno de los ámbitos teóricos menos conocidos en nuestro país, sobre todo por parte del feminismo filosófico. Nos referimos a las conexiones entre el feminismo y la teoría lesbiana. En general, sabemos algunas de las nociones principales de autoras como Adrienne Rich y Mary Daly. Las contundentes propuestas de Judith Butler que nos acercan el pensamiento del género en su carácter performativo desnaturalizando las categorías usuales de mujer y de hombre e incidiendo en un radical cuestionamiento de la heterosexualidad obligatoria, comienzan a mostrar una mayor presencia en el feminismo hispano. Sin embargo, aún nos falta familiaridad con la ética lesbiana de autoras como Sarah Hoagland y Claudia Card. Desconocemos en gran medida aquellos discursos que acentúan el distinto modo en que afecta la categoría mujer a las mujeres heterosexuales y a las mujeres lesbianas. Así mientras que las primeras se ocupan mayoritariamente de la opresión patriarcal, las segundas inciden también en el carácter heterosexista de la dominación. El trabajo de Calhoun, "Separating Lesbian Theory from Feminist Theory", que comenta con detalle María José Guerra, trata precisamente de la teoría lesbiana en su peculiaridad. La siguiente narración de Calhoun al respecto de ciertos aspectos de la vida de las mujeres lesbianas es suficientemente explícita por sí misma: "No podrá adoptar niños o se le denegará la custodia o las visitas de sus propios hijos. Para conservar su trabajo, tendrá probablemente que esconder su lesbianismo y actuará como una heterosexual. Será castigada si da muesstras de afecto públicamente. Se le denegará poder escoger una casa de su gusto o los vecinos la acosarán para que se vaya. Si sale, se encontrará acosada o será objeto de abuso por los lascivos hombres heterosexuales. Incluso si ya no corre el riesgo de ser quemada en la hoguera o sufrir una cliterodectomía o un electroshock, estará sujeta a terapias que insisten en que no se puede ser a la vez lesbiana y un adulto saludable y maduro. Será etiquetada de "dyke" y se convertirá en objeto de escrutinio para encontrar síntomas de masculinidad en su anatomía, vestir, conducta o intereses. No verá su sexualidad lesbiana ni su amor romántico por otra mujer reflejados en los medios de comunicación" (citado en Teoría feminista contemporánea, p. 147). El análisis de Calhoun acierta también cuando afirma que la pareja lesbiana no tiene reconocimiento, no tiene, entonces, realidad social. La sociedad se organiza de un modo tal que da por supuesto que la relación lésbica es exclusivamente una relación sexual negando la posibilidad de que pueda constituir un modelo de sociabilidad.
En esta dimensión social del feminismo, privilegiada por el estudio de María José Guerra, prestar atención a la intersección entre género y raza constituye otro de sus propósitos. Aquí se incluyen las aportaciones del multiculturalismo y de la teoría postcolonial que pretenden dejar patente las injustas relaciones entre Occidente y los otros pueblos (p. 161). El multiculturalismo, en sus consecuencias éticas y políticas, es justamente uno de los temas que más ocupa el interés de Guerra Palmero. Dos son los prejuicios principales que es preciso destruir, el etnocentrismo y el esencialismo cultural, para trabajar en favor de un feminismo global que es por el que Guerra Palmero apuesta, como decíamos: "Quizá un ideal de cosmopolitismo para este mundo multicultural tenga que pasar por dejar de prestar tanto peso a la propia identidad cultural o, por lo menos, contrapesarla con el "gusto" por los diferentes que nos descubren las contingencias de nuestro inestable ser, que nos hacen, por decirlo con Kristeva, Extranjeros para nosotros mismos" (p. 175). En Europa, en particular, ello implica prestar oídos al mundo musulmán directamente. Autoras como Fátima Mernissi son aquí escuchadas en cuanto feministas disidentes que luchan, de modo similar a las feministas occidentales, por dar una solución a problemas como el de la igualdad, la libertad, el poder, la consecución de la democracia, la eliminación de la dicotomía de espacios público-privado. La conclusión de Guerra Palmero es de este modo clara: "La naturaleza transcultural del patriarcado habilita la dimensión global, planetaria e intercultural del feminismo" (p. 182). O, como también ella misma pronuncia: "La ética feminista debe abordar las relaciones de dominación en cualquier lugar del mundo" (p. 221).
Un último mérito del libro Teoría feminista contemporánea que no queremos dejar de apuntar es que contiene una extensa y actualizada guía bibliográfica subdividida en útiles apartados. María José Guerra nos aporta, desde la perspectiva de la ética fundamentalmente, un amplio recorrido por las producciones feministas de nuestra sociedad contemporánea y nos dota en su bibliografía final del conocimiento de los materiales teóricos imprescindibles para los estudios feministas.



María José Guerra Palmero, Teoría feminista contemporánea. Una aproximación desde la ética, Madrid, Instituto de Investigaciones Feministas-Universidad Complutense de Madrid, 2001.

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