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Crepúsculo

Revista > 2008



El crepúsculo de las historias

Nacho Duque
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«Amo los relojes detenidos
como unas viejas botas
que añoran
el último otoño camino de la Vida»

(J. L. Rodríguez García,
Tan sólo infiernos sobre la hierba)



Moria Ulises en el octavo circulo de ese infierno perpetuo que el poeta Dante regalo a la historia de la literatura universal. El Canto XXVI termina con uno de los mitos clasicos que, de la mano de Homero, habia sobrevivido a los nublosos siglos del medioevo como el heroe por antonomasia. Dante Alighieri acababa con el, alejandolo de Itaca y de su amada Penelope, llevandolo mas alla de las Columnas de Hercules, en esos confines en donde el mar busca encontrarse con el sol rojizo en el ostracismo de los atardeceres. En cambio, no trascurrieron siglos de espera para asistir al final del antiheroe por excelencia, Alonso Quijano. Bastaron solo diez anos para que Cervantes publicase la segunda parte de su celeberrima obra, tratando de agotar asi las posibilidades de nuevas ediciones firmadas por otras manos -la mas conocida, el Apocrifo de Fernandez de Avellaneda, data de un ano antes, por ejemplo- y, de paso, dar sepultura definitiva al universal personaje. Corria el ano 1615 cuando murio el Quijote por primera vez, y aun hoy lo sigue haciendo cada vez que abrimos las paginas de la novela cervantina. Porque todo heroe, con la excepcion de Heracles1, termina por encontrar la muerte, lo cual le aleja del caracter divino y hace de la narracion de su vida una apologia de la potencia del ser humano. Por eso los heroes son ejemplares, porque viven de otra manera pero, como todos nosotros, terminan muriendo. Es mas, algunas vidas apenas gozaron de una brizna de leyenda de no ser porque en su ultimo suspiro hacen de su muerte un acto heroico. Los ejemplos son numerosos y pasaran seguro por nuestro recuerdo un sinfin de paginas y de secuencias que la literatura, el cine, e incluso una realidad que no se cansa de superar a la ficcion, se han encargado de rememorar para componer un imaginario colectivo potente y perdurable. Y, con todo, la muerte de un heroe sigue golpeando en nuestras entranas cada vez que acontece. Tal vez porque esperamos de el un ultimo movimiento, el postrero giro de los acontecimientos inevitables, esperamos del heroe lo que sabemos imposible: la vida, la eternidad y, en definitiva, que no sea como nosotros.


Sin embargo, aún cuando la literatura y el cine lo oculten con frecuencia, sus grandes personajes son como nosotros: necesitan comer, beber y respirar; en ocasiones odian y son odiados, aman y sufren, y por ellos también pasan los años. El Ulises de Homero debió acabar sus días en el hogar, tal vez viejo, astillado, quejicoso y con achaques, encarnando de nuevo a aquel Epérito que desembarcó en Itaca, bajo cuya apariencia se ocultaba un Ulises que poco tardaría en acabar con las vidas de cuantos pretendieron compartir sábanas con Penélope y aspiraron usurpar un lugar que no les correspondía2. Y Alonso Quijano terminó renegando de su condición de caballero bajo la amenazante lanza del que por emblema adoptase una Blanca Luna: antes Dulcinea que el honor; después sólo queda la tristeza del fracaso, la vuelta a casa y el último suspiro de un cuerdo enamorado. Tal vez sea de buen gusto obviar los detalles de la decadencia de quien es admirado por lectores o espectadores. En todo caso, hay ejemplos notables que constatan la debilidad de quienes nunca vimos derrotados y en esos momentos son desenmascarados, despojados del carácter que les hizo míticos y, finalmente, rebajados a una condición común.


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Libros

David Pérez Chico


Luis Beltrán Almeria y Jose Luís Rodrígez


Revista

A. Fioravante


I. Fortea






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