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Blanchot

Revista > 2008

Maurice Blanchot

La sombra siempre presente

Jose Luís Rodríguez García
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La sombra es lo que nos acompaña siempre. Blanchot ha sido una sombra, siempre. Volvía una y otra vez, la sombra presentándose, imprecisa, caliente. Es sorprendente, como advierte Miguel Morey, pero irrebatible -habrá que explicarlo-: sorprendente viene a ser "que propuestas teóricas tan filosóficamente ceñidas y dispares entre sí, como las de la problematización histórica (Foucault), la producción conceptual (Deleuze), o la práctica del comentario de texto (Derrida), tienen su origen último en la obra, neutra y distante, de un crítico literario como Maurice Blanchot" (Anthropos, 40-41). Se reconoce, Blanchot, el inexistente, Es. Acaso esté entre nosotros porque sus comentarios siempre resultan deslumbrantes. Nadie ha comentado con similar anarquía a Sade, Hölderlin, Rimbaud, o Rilke, ni mentado con semejante simpatía a Artaud. El juego de Blanchot ha consistido en redescubrir. En tal radica la luminosidad de su texto: oponiéndose a la pretensión reflectiva, que es banalidad y comicidad, Blanchot siempre ha dicho que la Escritura es apasionamiento imposible de calibrar. La Escritura es proyecto irreductible: el escritor es el murmullo ininteligible -entonces, una operación que nadie está en disposición de amar: la página es la oscuridad para el Otro, pues cómo podría entenderse lo que anima a Rimbaud, si concedemos crédito a Etiemble, para engañar a la posteridad sobre su batalla comunera, resumir la incompetente estrategia de Sade o visitar el abismo de Artaud-.
Acaso por esto que me limito a resumir, y que Ruiz de Samaniego ha trabajado con pulcritud en los sendos artículos que publica en ambas revistas -después de la reciente publicación de su sobresaliente tesis doctoral, remitida al mismo asunto-, la aventura de Blanchot ha sido catalogada en una imprecisa Teoría de la Literatura o en una relectura especulativa de la culminación del enloquecimiento platónico. No entiendo las razones por las que Blanchot se archiva en tales categorías. Pero la verdad es que buena parte de los meritorios trabajos de Anthropos y Archipiélago insisten, vuelven una y otra vez, sobre una localización que parece ser legitimada por las consideraciones críticas o por los comentarios sorprendentes sobre Heidegger -que tensan La escritura del desastre-, que encuentran corroboración en su progresiva apuesta por la indefinición de los géneros, por el desdén hacia las retóricas académicas, por la nocturnidad de los límites desde donde puede decirse algo inteligente o provocador que no atosigue el placer de la lectura. Laporte insiste en su intervención de Archipiélago en el asunto: "los relatos han sido sustituidos por una nueva manera, un nuevo género" (Archipiélago, 16). Dice. Blanchot, esto es, su escritura se ha desplazado. Y varios trabajos recogidos en el monográfico de Anthropos vuelven, retornan, bucle sobre bucle, en el tema. Bien, es indudable que el texto de Blanchot ha quebrado las fronteras de los géneros, ha apostado por una perspectiva crítica extraña -para nosotros-: palabras sobre palabras, sorpresa sobre sorpresa. Pero la novedad de Blanchot, su irreperable presencia en la segunda mitad del XX, no puede radicar en tal estrategia, que es vieja, colindante con las promesas de la Modernidad. Cómo no percibirlo, si se atiende a las voces de su biblioteca: Sade el novelista-filósofo que quería ser otra cosa, Rimbaud el vagabundo poeta que aspiró a ser comunero en la primavera que homenajea en un poema memorable y falsario, Kierkegaard, el minucioso redactor de un diario que pretende ser filosofía antihegeliana. Etcétera.
No. La novedad de Blanchot proviene de una tensión muy diferente. Pues, ¿qué significa su reflexión sobre la Escritura? ¿Crítica a la tediosidad crítica? ¿Alumbramiento de una concepción del Texto que, como toda mercancía, es manejada, transformada por el usuario? ¿De la página que siempre es, para el escritor, una masa informe que puede reescribirse, metamorfosearse? Pienso que no. El error capital de las lecturas blanchotianas radica en lo siguiente. Por un lado, en que se tiende a suponer que su trabajo crítico presenta al escritor como subjetividad ejemplar de un estar extraño en el mundo. Nada de esto. Blanchot no comparte en este sentido la menestoridad metodológica de Sartre, quien, en efecto, para ilustrar su método regresivo-progresivo, hubo de recurrir al análisis del escritor o del escritor -de Baudelaire a Genet, pasando por Mallarmé o Flaubert, y, más tarde, a Giacometti, y antes, al Tintoretto-. Diversamente, las aproximaciones de Blanchot son distantes: el Escritor es una figura no ejemplar, sino, sobre todo, un indicio. El escritor, en minúscula, la mujer que camina, el perdedor que se ríe, el último hombre que no es escritor -sino que es, para sorpendernos, el último hombre, es decir, el hombre que comienza a ser-. Pero esto se olvida, aunque el propio Blanchot haya sido taxativo al respecto -y como muestra de lo que se afirma, puede considerarse el artículo del propio Blanchot recogido en Archipiélago: "la literatura, como el pensamiento, sólo es experiencia de sí misma y para sí misma", leemos- Suele olvidarse. Blanchot ha hablado del escritor y de la Escritura porque es lo más fácil y directo de lo que puede hablarse. Cómo hablar de los gestos sin escritura. Y, por otra parte, habiendo reducido el texto de Blanchot a un recurso sobre la Escritura y el escritor, es fácil marginar, renegar, de su último interés. Que es político. Y, desde luego, que pretende expresarse: creo que Gabilondo lo expresa muy certeramente en Archipiélago - (cfr. 68)-. Lo afirmo, pese al descrédito que el término ha venido a acuñar. Mas entiéndase: hemos de situarnos en una comprensión de lo político que se vincula con las revisiones radicales y marginales de Blanchot. Lo subraya con acierto J. G. Avilés cuando afirma al final del artículo recogido en Anthropos que Blanchot produce y ejemplifica una noción de la escritura "íntimamente imbricada con su concepción de lo político" (83), y, sobre todo, P. Peñalver para quien "hoy se impone una lectura política, incluso hiperpolítica, de esa escritura ciertamente plural, inmensa, abierta a todos los aires de nuestra épocva convulsa inconclusa, marcada si es que no obsesionada por todas las catástrofes y los seísmos del siglo, esta escritura del desastre, y extremadamente atenta al mal social estructural, en las figuras terribles de la Noche, pero también en la folie du jour, en una una cierta inflexión tiránica de las luces de la Ilustración" (Anthropos, 113). Y parece cuestión incontrovertible no sólo si se tienen en cuenta las publicaciones blanchotianas a partir de L´amitié, sino, como es obvio, si se atiende al paralelismo de su estar en la política y de su aventura intelectual, que he pretendido limitar someramente en el artículo recogido en Anthropos.
Pero el asunto dista mucho de estar solventado. Es más. Se trata de una perspectiva sumamente polémica, ámbito específico de los logros -o fallos, afirma P. Peñalver en su meritorio trabajo de Anthropos para mantener un equívoco pronto resuelto- o de los errores y catástrofes de la pretendida apuesta (política) de Blanchot, como quiere mostrar con empecinamiento J. L. Pardo en su intervención de Archipiélago. Se me permitirá, en consecuencia, centrarme en la breve consideración de estos artículos mencionados.
Desde luego, ambos trabajos centran la pretensión política de Blanchot. Que no es otra que la pensar la "exigencia comunista" (Anthropos, 118-119) o, como apunta Pardo, la naturaleza y el carácter de la comunidad que obsesiona a Blanchot, caminando sobre las huellas de Bataille -al que el autor no parece profesar la mínima simpatía-. Igualmente, Peñalver y Pardo están de acuerdo en el carácter extraño o intempestivo de la reflexión blanchotiana.
Los acuerdos se terminan… Descripción.
Qué subyace en el fondo: comunidad como sostén de diferencias -amantes…-, o como invitación a una anarquía social que sólo encuentra ejemplaridad en ámbitos de opresión.
Solución: no con Hegel, más allá de Hegel.


Maurice Blanchot: La escritura del silencio. Anthropos, nº 192-193, 2001.
Pongamos que se habla de Maurice Blanchot. Archipiélago, nº 49, 2001.


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